lunes, 28 de marzo de 2016

CAPÍTULO 4

Al salir del sector donde descansaban los Unos Leo soltó a Siara sin previo aviso y ésta despertó abruptamente de su cómodo sueño, se sintió asustada y desorientada, y comenzó a mirar hacia todas partes con la intención de ubicarse. Una vez que lo logró, se relajó. Totalmente  despreocupada comenzó a estirarse y preguntó -¿Ya llegamos a Lur?- . Xavi y Eder se aproximaron hacia Siara para ayudarla a levantarse, y mientras la sujetaban, Eder le respondió –Aún falta, si nos apresuramos llegaremos unas cuatro horas antes de que oscurezca- Siara les agradeció y apresuró su paso hasta ubicarse al lado de Leo. Le agradecería por cargarla aunque su verdadera intención era alardear de que había logrado someterlo -Después de todo no fue tan difícil, ¿cierto?- Leo la miró de reojo y se mantuvo en silencio con la intención de no perder los estribos con tan molestosa mujer. Siara se limitó a volver a su posición inicial, en el medio de todos aquellos hombres y se mantuvo silente en lo que restaba del camino a Lur.

Cuando llegaron a la entrada de Lur se detuvieron un momento. Kimo observó de reojo a Siara ansioso de ver sus típicas exageradas expresiones. Él sentía simpatía por la muchacha, le agradaba su personalidad infantil, quisquillosa y despreocupada, además que tenía un extraño presentimiento con respecto a ella. Tal como pensaba, Siara adornaba su rostro con una sonrisa, y unos ojos muy abiertos ante la agradable sorpresa.

Lur para sorpresa de Siara era un pueblo de grandes dimensiones, estaba lleno de viviendas hechas de barro o madera y las mujeres vestían trajes muy llamativos lo que la hizo estallar en deseos de querer lucir una de esas prendas tan hermosas. Echó un vistazo a sus compañeros y le extrañó que ninguno tuviera una expresión de alivio o alegría, todos, absolutamente todos llevaban la misma expresión desinteresada e inescrutable. Siara se acercó a Izán y le golpeó juguetonamente con su codo –A que Lur es muy bonito ¿no crees?- Siara le dedicó una mirada molestosa -debe tener mujeres muy guapas- Izan no la miró pero parecía divertido e incómodo con la indirecta, y tuvo la intención de contestarle algo igualmente simpático pero Gorka, quien había sido enviado directamente por Ulises, se le adelantó –Usted, no debería extralimitarse con comentarios tan poco sutiles- Siara se sintió cohibida por aquellas palabras y para sorpresa de él, la vio caminar hasta colocarse en frente –Usted- Dubitativa y divertida prosiguió -tal vez se comporta así porque no le gustan las mujeres- añadió curiosa -¿No es el caso, cierto?- Gorka se sintió indignado y humillado ante aquellas palabras y saliendo de sus encerrados esquemas le contestó –Por supuesto que me gustan las mujeres- incrédulo -¿Cómo siquiera puede insinuar?...- Siara lo interrumpió sujetando su brazo de manera traviesa, mientras reía de un modo tan vibrante e inocente que era imposible dilucidar si enojarse o reírse con ella. Gorka cayó en cuenta de la broma que ella le había jugado y le pareció molesto, aunque admiró su ingenio. Kimo no había podido reprimir una ronca carcajada disfrutando de la astucia de Siara y se giró hacia donde sucedía la escena para intentar restarle importancia a la situación y poder continuar su camino –Ves Gorka, no debes ser tan grosero para dirigirte a la señorita- Miró a Siara y la llamó por su nombre lo que llamó mucho la atención de ella- Siara, no debes hablar tan despreocupadamente de temas de hombres, ese tipo de cosas en este lugar- no sabía cómo expresar la idea sin sentirse incómodo y añadió para concluir -las mujeres no hablan de ese tipo de cosas- Siara solo le sonrió amablemente y le dio la razón. Leo solo observaba la situación desde su posición inicial, había quedado anonadado cuando Siara sin más le dio la razón a Kimo. Para terminar con toda aquella escena tan impropia habló -¿Qué hacen todos perdiendo el tiempo detenidos aquí? Hace bastante que terminamos de analizar la situación de Lur, muévanse- Todos los hombres y Siara parecieron volver su atención a lo esencial y siguieron caminando.

Leo captó que la gente se sentía perturbada ante la presencia de Siara. Ella quien vestía de una forma tan llamativa era imposible que no llamara la atención de todos. Vestía unos jeans negros con zapatillas bajas negras y una polera de vinilo rosada. Se giró hacia ella y la llamó –Ey tú- Siara por el tono de voz de este no dudó ni siquiera un segundo que se estaba refiriendo a ella y se acercó, entonces Leo dijo –Irás con Dairon a comprarte algo para que te cambies-. El rostro de Siara se iluminó, realmente quería vestir uno de esos alucinantes y extraños vestidos que llevaban esas mujeres. Leo sintió que le quemaban los ojos al ver el rostro tan expresivo y feliz de ella, así que rápidamente corrió la vista y se dirigió a Dairon que obedientemente ya se encontraba al lado de la mujer, entonces a modo de acatar una orden bajó la cabeza. Una vez habiéndose preocupado de eso Leo siguió su camino con los demás.

Leo y sus hombres se esparcieron por el pueblo para de manera rápida registrar que no hubiera nada fuera de lo normal, además de buscar algún lugar apropiado para quedarse a pasar la noche. Luego se dirigirían al mercado para visitar al herrero y los puestos de comida.

Mientras tanto Siara y Dairon tenían pequeñas diferencias acerca de lo que ella debía usar para cambiarse. Dairon la enfocaba hacia algo más práctico para lo que les deparaba el camino, pero ella quería un vestido novedoso y extravagante como el de las otras mujeres. Dairon parecía contrariado, mirando esa expresión en Siara era difícil intentar llevarle la contra, sin embargo sabía que si llegaba donde Leo con Siara en un vestido este realmente se pondría molesto. Entre tanto Siara conversaba con la vendedora.

El lugar era una tienda similar a una gran carpa de gitanos, ubicada en la calle central. Dentro colgaban diferentes telas de hermosos y exóticos colores, las ropas que se utilizaban debajo de los vestidos estaban hechas a diferentes medidas exhibidas en mesones, también desde las barras ubicadas en el cielo del lugar colgaban: sombreros, cinturones y broches. En una esquina de la tienda había un probador y junto al probador un mueble con materiales de costura. Siara consultaba los precios de las distintas prendas mientras Dairon desde la entrada de la tienda la observaba con detenida atención y de vez en cuando Siara detenía su mirada curiosa en él para consultarle cuánto dinero llevaban o cuanto podían gastar. Luego de oír las respuestas Siara intentaba tras demorosos cálculos cuadrar una ropa básica y un vestido, y su rostro nuevamente adoptaba una expresión de absoluta decepción y cansancio cuando caía en cuenta de que no alcanzaba.

Dairon a sabiendas de que Leo se enojaría mucho por lo que iba a hacer le dijo a Siara –Señorita- Siara lo miró aún con cara de frustración y tristeza -mejor no compremos ahora, usted convenza al señor de que compre por usted-. El rostro de Siara se iluminó con una expresión viva de esperanza lo cual conmovió a Dairon de una forma sobrecogedora. Siara se despidió gentilmente de la señora y salió del lugar muy apurada. Atrapó la mano de Dairon quien desprevenido se vio corriendo junto a Siara –Vamos, vamos, busquemos-. Dairon se sintió extraño corriendo detrás de esa mujer, sin embargo ni todas las instrucciones del mundo pudieron hacerlo detener. Mientras corría, a su mente volvían lapsos de recuerdos donde corría junto a Malú, exactamente de esa misma manera solo para ver algo que a ella le hubiera sorprendido y quisiese compartir con él. Malú, su dulce hermana pequeña tendría casi la misma edad de Siara si aún viviera. Diez años atrás, cuando él apenas había cumplido catorce, había entregado su libertad y dado su palabra de servir fiel y diligentemente a Ulises a cambio de lograr vengarse de los bastardos que habían dado muerte a su hermana, y así había sido.

Siara se detuvo con la respiración entrecortada y se agachó sujetando sus rodillas con las manos para recuperar el aliento, luego levantó la cabeza y lo miró -¿Pudiste verlos por alguna parte?, yo no vi nada- Dairon sintió que su corazón se daba vuelta de cariño, casi como si pudiera ver reflejada a Malú, y le sonrió como quién sonríe a un niño pequeño –Creo que sé donde deben estar, sígueme- Siara caminó a su lado reclamando tontamente el porqué él no le había dicho antes y la había hecho correr tanto, contándole a él lo mala que era para hacer ejercicio y como le costaba contener sus ansias. Dairon disfrutó mucho de su compañía.

Leo y sus hombres se encontraban en el puesto del herrero abasteciéndose y renovando sus armas. Kimo parecía bastante satisfecho, desde que se había hecho hombre su parte favorita de servir a Ulises había sido esta, poder regodearse escogiendo su arma favorita, ya fuera la más común o la más extravagante, finalmente siempre se daba algún gusto. Mientras disfrutaba admirando los más nuevos ejemplares hechos por el herrero divisó a Siara con Dairon caminando hacia ellos y le inquietó ver que ella aún lucía las mismas prendas de vestir por lo que no pudo reprimir un suspiro de inquietud –Leo, ven pero no te molestes- y Leo le dedicó una mirada de profunda molestia por ser interrumpido mientras analizaba las armas, y también ante la expectativa de molestarse por algo. Caminó hacia Kimo e inmediatamente pudo entender lo que éste quería decirle, ya que tuvo la oportunidad de verlo con sus propios ojos.  

Leo observó con desapruebo a Dairon y antes de que este tuviera tiempo de excusarse Siara entrometidamente se apresuró a contestar –No lo mires así. Fui yo la que te desobedeció-. Leo pasó su mirada de Dairon a Siara con profunda antipatía por la expresión en sus palabras y por primera vez se permitió contestarle -¿Qué piensas que puedes lograr con esas palabras? ¡¿Tú?!- Clavó su mirada desaprobadora sobre los ojos de ella que lo miraban fijamente -¿estás dispuesta a soportar el castigo por desobedecer?- Siara se sonrió un poco incómoda para disminuir las tensiones y le respondió –Vamos, no seas tan grave, asustas- Leo soltó un suspiro claramente de impotencia y escuchó atentamente lo que Siara venía a decirle lo cual lo hizo soltar una sonrisa incrédula. Tomó a Siara de la muñeca y la sacó de la tienda del herrero.

Kimo y los demás hombres intercambiaron unas miradas muy serias y nerviosas. Izan, para amenizar un poco la situación expresó a modo de apuesta que estaba seguro de que Siara lograría lo que fuera que viniera a proponerle a Leo. Y así como Dairon, Eder y Beñat estuvieron de acuerdo con él, Gorka, Xavi y Saúl apostaron que no. Kimo solo se limitó a sonreír con una expresión misteriosa sin emitir ni una opinión.

Siara fue la mayor parte del camino intentando quitar la mano de Leo de su muñeca ya que la apretaba muy fuerte pero no se atrevía a hablarle groseramente ya que si lo hacía no podría convencerlo de comprarle un vestido. Por lo que mientras refunfuñaba para sus adentros le decía con una voz muy cínicamente amable –No seas así, seamos amigos, podría hasta ser divertido ¿ah? ¿Qué piensas?- Otra vez su rostro no podía ocultar sus emociones e incluso si no lo decía se notaba como quería insultarlo y hasta golpearlo si le fuera posible “Bruto, animal, bestia, loco, traumado” con todas esas denotaciones lo llamó en su mente hasta que llegaron a fuera de la tienda de ropa y entonces la soltó bruscamente –Entra-. Siara se mantuvo estática en la entrada de la tienda, y Leo se quedó frente ella curioso de lo que ella fuera a decirle. Este era el momento que tenía para convencerlo, por lo que se preparó psicológicamente para emplear todas sus armas y con su típica sonrisa cínica y sus manos tomadas adelante por los nervios intentó persuadirlo –Sólo un vestido- dijo, mientras gestualizaba colocando un dedo frente a su cara y colocando expresión de tristeza -yo, emm, ya que ustedes me trajeron hasta acá- vio a Leo con el rostro tan imperturbable que se le trabó la voz y tragó saliva para darse ánimos -ya que ustedes me trajeron hasta acá podrías ser amable, o sea yo digo-. Leo la dejó hablando sola y entró, lo que dejó desconcertada a Siara.

La señora de la tienda los recibió con la más alegre de sus sonrisas –Leo, mi señor, ¿qué lo trae por estos lados?- Siara se sintió extraña escuchando por primera vez el nombre de él y mientras saboreaba la idea de saberlo, pasaba su dedo por una tela muy suave para disimular lo incómoda que la ponía pensar en cómo se sentiría Leo ahora que ella conocía su nombre. Leo la miró de reojo para observar su reacción mientras le explicaba a la señora que quería ropas cómodas de viaje para la señorita. Eso hizo sentir aún más inquieta a Siara, ¿cómo hacerle entender a ese terco hombre? ¿Por qué era tan impenetrable como una máquina? La señora comenzó rápido a moverse a través de la tienda y Siara tuvo que probarse las prendas.

Dentro del probador Siara veía las prendas y pensaba en lo feas que eran, se recordaba de una ropa para presos que había visto en alguna película. Sin duda ese canalla había pedido las ropas más baratas para ella. Al verse en el espejo no se sintió satisfecha, pero de todos modos se veían mejor puestas. Una vez se hubo puesto todas las prendas salió del probador. El pantalón era desde la cadera a la cintura fajado y suelto hacia abajo terminando apretado en los tobillos, y arriba llevaba una polera muy similar a la suya pero un poco más suelta y con bordados en la parte del busto, truco común que la vendedora ocupaba para que éste fuera capaz de llamar la atención, todo esto en un tono blanco perla. Buscó a Leo para posarse frente a sus ojos y una vez lo hizo le comentó infantilmente molesta -¿Ves? Es muy feo-. Leo salió de sus pensamientos y quedó desconcertado al ver a Siara, sintió un bochorno tan acusador que se dio la vuelta inmediatamente para disimular. La señora apareció de entre las telas con otras ropas en los brazos e hizo una exclamación de sorpresa cuando vio a Siara. Soltando unas carcajadas y acercándose cariñosamente para llevarla al probador le explicó que lo que llevaba no era nada menos que la ropa interior y Siara reaccionó mirando la ropa incrédula de que eso fuera la ropa interior. Después de lo sucedido Leo se sintió inquieto, incluso si era un poco más baja que las mujeres de la zona ella se veía muy bien en esas prendas, rápidamente expulsó esa clase de pensamientos de su cabeza. Al salir nuevamente del probador lucía demasiado abatida, las prendas no la entusiasmaban en lo absoluto; sobre el pantaloncillo anterior lucía ahora un pantalón de tela café puesto a la altura de la cadera y suelto hasta sus tobillos; una polera manga larga y sin escote, también suelta y del mismo color. Leo ahora se sentía mucho más tranquilo con respecto a la ropa, aunque esas telas le marcaban sus, si bien no tan contundentes pero muy bien formados atributos.

Siara le susurró algo al oído a la mujer y esta sonrió muy fresca y divertida –Esta mujer es un ángel mi señor, debe serlo para que usted la mime tanto-. Ante esas palabras Leo pareció perplejo y la señora se alejó buscando algo entre las telas. Siara mientras reía de manera deliberada, se acercó a paso lento y juguetón hacia Leo, qué se mantuvo fijo y alerta en su posición. Cuando hubo quedado lo suficientemente cerca, Siara se levantó un poco en puntillas cubriéndose un lado de la boca con la mano para decirle a modo de secreto en el oído –Le dije que me regalaste un vestido, pero que eras muy tímido para decírselo tú mismo-. Mientras Siara volvía sus pies al suelo y antes de que lo lograra, Leo le sujetó muy molesto la muñeca de la mano con la que había cubierto su boca, sorprendiéndola tanto que permaneció en puntillas, y le dijo que se olvidara del vestido ya que inevitablemente él no lo pagaría y para terminar expresó –Por lo demás- soltándole la muñeca lentamente mientras Siara sin poder quitar sus ojos de los suyos como si estuviera hechizada, volvía a afirmar bien los pies -nunca te verás bien en un vestido de estos, ¿no has visto a las mujeres que los llevan?- Siara se sintió tímida y agitada por un momento, e inexplicablemente molesta de que él estuviese indirectamente diciéndole fea, una vez volviendo a sus sentidos y sentida con él le respondió –Entonces saldré afuera y aunque me mates gritaré a todos que me secuestraste- Leo sabía que Siara era capaz, sin embargo no quería seguir siendo manipulado por los caprichos de esa mujer. De todos modos no podía dejarse llevar por sus propios odios y resentimientos debía llevarla a Oris de la forma menos notoria y más segura posible. Sentía tanta furia de que esta mujer lo descompensara de esa forma y no poder hacer nada, y cambiando a su rostro habitualmente inexpresivo, se giró; sacó una bolsa con dinero de su chaqueta y la dejó sobre el mesón de la tienda saliendo a la calle. Siara logró comprar su vestido pero no podía comprender por qué se sentía tan mal por el repentino cambio de actitud de Leo, incluso lo prefería enojado que ausente. Para no ser tan irrespetuosa y molesta salió con las primeras prendas que se había probado.

Leo siguió caminando con Siara a los talones. Incluso si nunca fuera capaz de reconocerlo no se sentía para nada incómodo con su presencia, solo un poco descompensado cada vez que Siara miraba algo como si fuera por primera vez, con tanto anhelo e inocencia. Siara comenzó a apresurar su paso para ubicarse junto a él y él disimuladamente comenzó a disminuir su paso para que ella lo alcanzara, entonces la miró de reojo y ella le miró y sonrió amable a modo de tregua.

Por fin encontró a sus hombres, estaban obedientemente en la parte de las provisiones. Este era un pasillo largo que abarcaba toda una calle con diferentes tipos de puestos que vendían desde frutas hasta cereales. El olor de esa calle en especial era bastante peculiar; Siara se sentía atraída por tremenda gama de aromas tan exquisitos y no pudo evitar correr hacia donde estaba Eder e Izan, para preguntarles qué era aquello que compraban. Izan muy simpático le dio una muestra de lo que comía, algo muy semejante a las ramas de un árbol. Mientras masticaba, su rostro era adornado con mil expresiones de degustación lo que le causó mucha risa a Eder; le dio a probar otro tipo de hime, que eran frutos con sabores y vitaminas que brotaban de algunos árboles; solo para poder seguir riendo de cómo Siara degustaba. Antes de darse cuenta Leo se había acercado a ellos y estaba lanzándoles una represalia por estar desperdiciando dinero en comprar muestras para ella. Incluso si las muestras eran más económicas. Leo no disfrutaba ver como sus hombres parecían disfrutar de la presencia de Siara.

Siguieron caminando y se ubicaron en el siguiente puesto. Siara fue cautivada aún más con la variedad de frutas: grandes, pequeñas, todas de diferentes colores. Rápidamente olvidó el mal rato que habían pasado en el puesto anterior. Para su decepción Leo solo compró el mismo tipo de frutas y era el más rebajado. Con la intención de conseguir que comprara algo más se acercó para amenazarlo, -Por qué no compras uno de esos- y apuntó una gran fruta amarilla que se veía brillante y sabrosa. Leo se detuvo a estudiarla algunos segundos; su cara era la manifestación viva del anhelo de algo y la maldad, era tan fácil ver por dentro de ella, centró sus pensamientos y para evitar cualquier clase de problemas, totalmente en contra de su voluntad le ordenó a Izan comprar para Siara la fruta que llamara su atención. Nadie comprendía porque Leo se mostraba tan transigente.
Siara comenzó a saltar de alegría  mientras aplaudía cándida, y Leo continúo su camino sintiéndose extraño, tal vez alegre. 

Mientras escogía se sintió afligida, era tanta la variedad que no sabía porqué decidirse, pensó que era una decisión muy difícil. Comenzó a mirar hacia su alrededor y poco a poco empezó a sentir lástima de que todos los hombres de Leo fueran a comer la única fruta que no se veía para nada apetitosa, por lo que en vez de comprar la fruta pequeña que le llamó la atención decidió comprar una enorme que se veía novedosa; esta era grande su cáscara era blanda de color amarillo y por dentro era suave y crujiente de color morado. Costaba el valor de incluso tres frutas, así que antes de que los demás se percataran le pidió a Izan que pagara quién sin pensarlo dos veces solo lo hizo, y al vendedor si podía partir la fruta en nueve trozos. Cuando estuvo hecho, Siara se giró sosteniendo dos trozos en sus manos y los llamó -Ey, hombres de Leo, vengan - Cuando los hombres escucharon el nombre de Leo quedaron inmóviles y por algún motivo se sintieron muy inquietos, además, no sabían si acercarse a ella o no, puesto que esta ni siquiera había invitado a Leo. Gorka, curioso fue el primero en acercarse y Beñat lo siguió, poco a poco todos estaban al lado de Siara devorando la exquisita fruta que ella había elegido, algunos en silencio y otros un poco más en confianza riendo, incluso Kimo disfrutaba con un sentimiento que hace años no lo embargaba, nostalgia, desde alguna perspectiva ella le recordó a él en sus viejos tiempos.

Desde unos puestos más allá, Leo echó un fugaz vistazo a sus hombres y se sintió absurdo de estar afectado por no haber sido considerado dentro de los trozos; pronto centró su vista en otra dirección; un fruto rojo que había en un puesto más adelante que él, aquel le traía recuerdos, sintió enormes deseos de comerlo pero se sintió patético por eso. Y recordó: A pesar de que Marco siempre intentó mantener las distancias, nunca había sido malo ni frío con él, en contadas ocasiones había intentado ayudarlo cuando se encontraba en aprietos o le había demostrado cariño cuando él lo necesitaba. Pensó en la expresión de Marco en su intento fallido de ayudarlo y se sintió adolorido. Recordó haber sido encerrado en el calabozo durante tres días sin comer; todo a causa de que Marco disimuladamente le había regalado uno de los Nimis que comían los cuidadores en el desayuno, al ser descubierto con el fruto había sido acusado de robo ya que ellos no tenían acceso a esa clase de frutos. Marco había intentado tomar la responsabilidad pero antes de que pudiera hacerlo Leo se había inculpado; bajó la cabeza al pensar en el cariño que siempre sintió por Marco. Siara observaba a Leo mientras todos comían y se preguntaba que estaría pensando ¿Tal vez quería comer ese fruto? entonces ¿por qué no lo compraba?, sintió deseos de ir a ayudarlo pero se contuvo. Kimo la observaba disimuladamente, y se sintió perturbado al ver aquella situación. 

Leo prosiguió su camino con su peculiar paso, y Siara se alejó del grupo de hombres que conversaban amenamente. En el puesto de Nimis Siara quedó escandalizada por el precio de uno solo, entonces con lo mejor que tenía su personalidad comenzó a regatear con el vendedor hasta que el señor se convenció de regalarle uno, por su peculiar paciencia. Siara feliz Lo guardó en su bolsillo. A penas se había alejado unos cuantos pasos cuando el señor del puesto la detuvo -Señorita, usted que tiene un aura tan bondadosa debería asistir a la celebración de esta noche con sus amigos- El rostro de Siara se iluminó pensando en lo divertido que sería asistir a una fiesta, y muy entusiasmada intercambió algunas palabras con el señor de los Nimis acerca de a qué hora era la celebración y en qué consistía, finalmente continuó su camino cuando Kimo la llamó, y divertida les comentó a todos acerca de la fiesta.
Muy entusiasmada Siara les preguntó su opinión -¿Deberíamos asistir? ¿No creen?, después de todo pasaremos la noche acá de igual modo- estaba intentando persuadirlos a toda costa, pero todos parecían reticentes con la idea. -Yo voy a ir si o si- dijo, a lo que Xavi contestó inescrutable -No si tienes cinco guardias fuera de tú puerta- y Beñat agregó –y dos bajo tú ventana- a Siara se le habían bajado los humos y no quiso seguir discutiendo al respecto ya que se sentía burlada y molesta. Llegaron a la entrada de la posada donde dormirían esa noche.

Leo se encontraba sentado en un banco fuera de la posada esperándolos y cuando llegaron se levantó para dirigirse dentro y asignar las correspondientes habitaciones pero se detuvo al oír -Vamos a ir a la fiesta de esta noche-  con un tono amenazante -¿cierto?- Leo no supo descifrar la cantidad de sentimientos que experimentó, pero sin duda el sentimiento que si identificaba muy bien era la ira. Sin girarse a mirarla dijo con un tono de voz espeluznantemente frío -Tú-, antes de que pudiera continuar Siara lo interrumpió y mirando a todos los demás añadió –Ven, iremos a la celebración-. Leo soltó un suspiro de impotencia y se limitó a continuar lo que estaba haciendo, lo que llamó la atención de todos que aunque se sentían muy incómodos con ellos mismos en el fondo de sus corazones se sentían ansiosos de poder asistir a una fiesta.

Unas tres horas antes de medianoche Siara salió de la habitación radiante en el vestido que la señora de la tienda le había recomendado; su tronco era cubierto por un peto con escote, de hombros caído y manga cubriendo los hombros de color café, una falda de tela del mismo color pero cubierta por un hermoso velo con diseños de café más claro, finalmente en cima del peto llevaba un manto en forma de V que por delante estaba bordado con figuras que representaban la tierra con colores café, amarillos y burdeos, y que por detrás llevaba sobrepuesto por en cima del manto  un velo de largo hasta los talones, su cabello iba recogido en un tomate el cual era sujetado por un adorno que simulaba ser una enredadera de colores café, verde y rojo y de su cabello hacia su frente colgaba una hermosa piedra en forma de gota roja que combinaba con sus pendientes. Al bajar al comedor encontró a todos los hombres cenando y no tardaron en percatarse de su presencia. Quedaron asombrados ante la belleza que irradiaba Siara. Kimo se levantó de su silla y se acercó a Siara, después de carraspear le informó que Leo se encontraba afuera esperándola, ya que personalmente la iba a escoltar, y que ellos irían después de cenar. Inocentemente Siara se dio una vuelta y preguntó a los demás como lucía. Dominado por sus impulsos Dairon se levantó de su asiento y se acercó a Siara, le tomó la mano con mucha delicadeza – eres hermosa-, Siara se sintió extraña, y tímida corrió la mano mientras le agradecía por sus sinceras palabras.

Ya hacía media hora que Leo se encontraba afuera afirmado en un árbol pensando en la vergüenza que significaba para él salir a una celebración, pero lo que lo hacía sentir más enojado y ridículo era no sentir vergüenza de estar siendo manipulado sino, de no saber qué hacer en una fiesta. Pensaba lo que significaba Siara para él a lo largo de su vida. Él era un total extraño para ella, sin embargo, incluso si él era seis años mayor había nacido escuchándola, una vez que ella nació, había crecido viendo sus fotos y adquiriendo conocimiento de sus datos y personalidad. Siempre la había detestado y había soñado con el momento en que pudiera encontrarla y entregarla sana y salva a Ulises para poder ser libre al fin, sin embargo en persona ella parecía un poco diferente. 

Siara caminó lenta y sigilosamente hacia Leo con intenciones de asustarlo pero él había notado su presencia inmediatamente esta había salido de la posada, era solo que no había querido girarse a mirarla. Cuando Siara llegó a mitad de camino Leo se volteó preparado a lidiar con ella sin embargo quedó pasmado al ver a Siara tan maravillosa dentro de ese vestido, tan fascinado que no fue capaz de recuperar al instante ese rostro inescrutable que lo caracterizaba y Siara sonrió brillante mientras se mantenía estática en la posición hasta la que había alcanzado a llegar -Después de todo parece que si me veo bien en uno de estos vestidos- dijo burlona. Leo corrió la vista hacia un lado evidentemente incómodo y por un corto lapso no supo que contestar. Mientras pensaba en algo, Siara caminaba hacia él. Una vez que llegó a su lado Leo solo se limitó a mirarla de manera desinteresada y Siara le dijo -hay algo que quiero darte-. Leo se sintió receloso ante la idea de que ella le diera algo, además de profundamente desazonado por el hecho de tal vez sentirse apreciado por ella, sin embargo su expresión ya no era indiferente sino cautelosa. Siara metió su mano al bolsillo mientras se desenvolvía en explicaciones para que él no pensara que ella había querido regalarle algo por iniciativa propia –Resulta que… el señor que nos invitó, bueno ese señor dijo qué…- nerviosa sacó del bolsillo de su falda un Nimis y se lo ofreció. Leo quedó estupefacto y Siara prosiguió a terminar lo que decía –Dicen que para esta fecha la gente debe intercambiar regalos y recordarnos lo hermosa que es nuestra tierra, y pensé que tal vez querías probar uno-. Leo quedó mirando el Nimis y sintió un fuerte golpeteo en el pecho, un desasosiego nunca antes experimentado, se sintió débil y tal vez un poco feliz. Antes de que toda esa variedad de sentimientos quedaran al descubierto recibió el Nimis por cortesía, sin ningún atisbo de agradecimiento en la expresión y le aclaró -No hagas cosas así, nunca. Odio que me regalen cosas, y todavía más si eres tú - y se giró para caminar en dirección a la plaza central. Siara se quedó un breve momento en el mismo lugar observándolo mientras sentía el pecho pesado por disgustar a Leo, luego sin darle mayor importancia lo siguió.

Kimo salió primero de la posada y entre risotadas le dijo a los demás -Esta noche conozcan una linda chica y diviértanse- a lo que Saúl contestó -Si, como esta noche podría no haber otra- Izan se sintió incómodo ante ese comentario pero lo sentía de igual forma –Después de todo Siara no parece peligrosa-. Gorka los hizo callar, Siara no era un tema del cual ellos pudieran hablar ni opinar. A lo largo de sus vidas de guerreros y servidores de Ulises jamás habían podido disfrutar como el común de las personas, más bien siempre habían estado encerrados, siendo entrenados y con serias misiones, cualquier actitud fuera de la total entrega a Ulises merecía un castigo. Por lo que solo por esta vez se permitieron sentir emoción ante la expectativa y se dirigieron hacia la plaza central.

La plaza central era inmensa y a estas horas ya se encontraba completamente adornada. Había velas dentro de faroles para la iluminación; que colgaban de manera estratégica de las ramas de los árboles, y en los cuatro extremos de la plaza habían unas pequeñas fogatas en las cuales se asaban las carnes. Por las calles que rodeaban la plaza y que en este momento se encontraban cerradas había diferentes variedades de puestos de frutas y artículos artesanales. La ornamentación consistía en guirnaldas hechas con tela de colores cafés, amarillos y verdes que colgaban de un extremo al otro, y había diferentes personas animando la celebración disfrazados de figuras típicas del pueblo o con máscaras que representaban a sus deidades, además de una banda con instrumentos de percusión y viento. Las personas, desde niños a ancianos parecían muy felices y disfrutaban mucho de los juegos que se ofrecían. 

Siara se detenía en cada puesto a observar la variedad de artículos que se vendían, mientras que Leo se mantenía a su lado con un rostro imperturbable, sin embargo no dejaba de observarla apoderándose de él un cálido y agradable sentimiento cada vez que Siara admiraba alguna novedad con su expresión ingenua y sorprendida; y aumentaba aún más cuando ella centraba su atención en él para pedirle que comprara el artilugio que había capturado su atención. Por supuesto, él se negaba, y el rostro de ella se volvía la encarnación viva del disgusto, pero desde un lado bastante infantil. No de ira, rabia ni odio, sino una inocente frustración que desaparecía inmediatamente veía otro puesto con artículos más llamativos.

Bastantes puestos más adelante, Siara quedó frente a un mesón lleno de aretes y collares. Se sintió muy conmovida y maravillada al ver el esmero con el que se debía haber trabajado en la creación de cada pieza, ya que cada una era una obra de arte. Su rostro estaba tan radiante de felicidad cuando tomó sobre sus manos un collar con una singular piedra en forma de mariposa, que Leo se sintió confortable. Al verla continuar resignada, se extrañó de que ni siquiera hubiera intentado pedírsela, eso parecía algo que ella realmente deseaba. Se mantuvo un momento frente al puesto, dudando si hacer lo que deseaba o no. Finalmente sin más pensar, compró el collar y lo guardó en su bolsillo para entregárselo a Siara cuando tuviera la oportunidad.

Después de recorrer la mitad de la plaza llegaron a uno de sus extremos. Desde ahí se podía apreciar mejor el sonido de la música. Las melodías que se tocaban eran muy contagiosas, tanto que Siara se detuvo a contemplar como las parejas bailaban felizmente, mientras por impulso aplaudía. Leo se mantenía fijo a su lado entrelazando sus manos detrás de su espalda y al percatarse de que realmente estaba disfrutando de la música y de ver a Siara aplaudiendo, hizo un gran esfuerzo y dibujó una sincera sonrisa en su rostro. Las personas que bailaban, reían y disfrutaban mucho, lo que hizo sentir a Leo una sensación de apacibilidad y regocijo ajenos en él. De la nada se armó una gran fila de bailarines para danzar a través de la plaza y sin darse cuenta la enorme fila de personas sujetas de las manos llegaron hacia ellos. Desprevenidamente tomaron la mano de Siara para unirla a la fila, la cual no alcanzó a negarse o prepararse, y nerviosa rápidamente sujetó una de las manos de Leo uniéndolo a la danza.

Leo no sabía cómo escapar de aquella situación en la que se había enredado. No había forma de hacerlo sin causar conmoción, puesto que otro hombre ya tomaba su mano que estaba libre. La sensación de ir de la mano de Siara y de un hombre que no conocía fue insegura, él no estaba preparado para este tipo de situaciones pero se vio obligado a continuar dentro de esa multitud de personas danzando. De vez en cuando entrecruzaba miradas con Siara quien a diferencia de él parecía extasiada; su cara estaba teñida de un rojo intenso; su cabello había comenzado a desordenarse y sus ojos brillaban mientras reía felizmente; Leo se vio él mismo contemplando absorto a Siara, como si lo hubiese hechizado. Finalmente la enorme fila se disolvió quedando todos en el medio de la plaza, listos para comenzar la otra pieza de baile.

Leo quedó frente a Siara y al darse cuenta de la situación le advirtió serio y reticente -Yo no bailo-, como respuesta Siara le rió, y acercándose a él tomó sus manos para adoptar la posición. Primero colocó una de las manos de él sobre su cadera, lo que la hizo sentir nerviosa y agitada pero intentó demostrarse calmada, y con su otra mano sujetó la mano de él, luego su mano que quedó libre la apoyó sobre el brazo con el que él ahora sujetaba su cadera y le respondió -yo no bailo esto tampoco, pero hay que imitar a las personas-  y Leo se percató de que todos los demás se encontraban bailando en aquella posición. Se mantuvo rígido negándose a dar cualquier paso, incluso intentó soltarse, a lo que Siara reaccionó aferrándose más firme a él -Solo diviértete, no necesitas obedecer a nadie ni complacer a nadie, solo diviértete- y comenzó a moverlo a la fuerza lo que lo hacía ver ridículo -Mientras más te niegas te ves más ridículo, no hay nada malo en aprender cosas nuevas- Hablándole continuamente de ese modo Leo se fue entregando y aunque ninguno de los dos bailó maravillosamente, se divirtieron suficiente como para dejar la mente en blanco y olvidar todo por un lacónico instante.

Kimo, Gorka, Eder, Xavi y Dairon se encontraban en uno de los extremos de la plaza esperando junto a la fogata a que la carne se asara. Bebían un licor artesanal que los aldeanos habían preparado especialmente para ese día y que ofrecían sin costo a los invitados; y reían contando anécdotas. Con unos cuantos tragos en el cuerpo, la nostalgia comenzó a invadirlos hasta que sin percatarse conversaban sobre ellos mismos. Kimo confesó como había ingresado al fuerte de Abar: A la edad de veintidós años había sido detenido por enfrentar a la guardia real de Ulises. Su benevolencia era su mayor virtud, la parte esencial de sus fuertes principios, y al haber presenciado el abuso de poder que ejercían maltratando a un menor de trece años, Kimo había reaccionado. Si bien el niño había robado un trozo de carne, todos desconocían la situación del menor, la enfermedad de su madre; el hambre de sus hermanos menores; la muerte de su padre. Kimo lo sabía, y no entendía por qué en vez de castigar no ofrecían los medios para que este tipo de situaciones no ocurrieran. Fue llevado inmediatamente a la guardia para prontamente ser sentenciado por enfrentamiento a la guardia real. Pasó dos días completos bebiendo solamente agua y encerrado sin ninguna consideración, muy preocupado pensando en el malestar que debía estar sintiendo su pobre madre; hasta que una noche en un horario en el que difícilmente se ve a alguien transitar, discretamente fue llevado fuera de la guardia. Recorrió un camino largo de tres días y llegó al fuerte de Abar. Nunca olvidaría su primer pensamiento al ver el fuerte; nunca saldría de ese imponente lugar. Como castigo le fue asignado someter el mismo a los castigos a un joven mocoso y esto acabaría solo cuando el niño aprendiera a comportarse. Evidentemente no fue capaz y estuvo dispuesto a asumir las consecuencias, pero con el tiempo se vio obligado a desistir de sus fuertes principios. Así, de esa manera, si se mantenía leal a Ulises lograría que le aseguraran que su madre nunca correría peligro. Finalmente le permitieron visitarla una vez cada dos años. Luego había comenzado a ver la vida de manera más individualista, y Ulises comenzó a utilizarlo para algunas misiones que había logrado llevar a cabo exitosamente.
Eder y Xavi comentaron que cuando cumplieron diecisiete y veintidós años respectivamente, habían salido de su hogar para enlistarse y formar parte de los hombres de Ulises, ya que aquellos eran bien reconocidos y respetados. Su familia siempre había estado dentro de los mejores círculos de la sociedad en Cicil un enorme pueblo ubicado a dos islas de la isla Morrow, por lo que se sentían realmente orgullosos de que sus hijos formaran parte de la guardia real de Ulises. En seis años habían logrado ascender y llegado a ser unos de sus hombres de confianza por lo que habían sido asignados para poder realizar esta misión.
Dairon al narrar su historia conmovió a Kimo e inquietó a todos cuando confesó que Siara le producía una extraña sensación de cariño por ser tan similar a su pequeña hermana, entonces Eder, Xavi y Gorka le aconsejaron que no olvidara su norte, después de todo era muy fácil llegar a confundir un sentimiento con otro.
Gorka intentó cambiar el tema aprovechándose de la confesión que había hecho Dairon, pero a los demás no se les escapó y le incitaron a hablar sobre él. Sabía que era su turno; para él era bastante incómodo narrar su historia pero sabía que era lo justo y reveló –Yo, fui enviado por mi padre para asegurarme que todo salga según los planes-. Los demás intentaban sopesar las palabras de Gorka y Dairon escéptico le preguntó -¿Tú eres el hijo de Ulises?-; en su expresión parecía como que algo no calzaba; -pero él debería ser mayor que tú-. Gorka aunque aparentaba unos veintisiete años tenía unos cuantos años más y con una sonrisa presumida reconoció tener treintaicinco años. Con el alcohol ingerido, el olor a carne y el ambiente de celebración, la seriedad disminuyó y comenzaron a explotar en carcajadas acerca de lo irónica que era la vida.

Izan se encontraba en el centro de la plaza bailando con una bella joven de rasgos muy alegres. Se sentía cautivado por una hermosa melena ondulada color café, unos grandes ojos negros y una sonrisa que podía iluminar toda la estancia en la que se encontraba. En sus veintisiete años nunca había sentido una sensación tan abrasadora como esta, y no quería por nada del mundo separarse de la dama. Luego de unas piezas de baile se acercaron al puesto de dulces y entre risas y una amena conversación, probaban diferentes caramelos. Izan probó uno amargo y su rostro se desfiguró, entonces la dama rápidamente puso un caramelo dulce en su boca. Ambos se miraron y ella tontamente continuaba con sus dedos en los labios de él, al percatarse bajó la mano mientras comenzaba a sonrojarse. Izan tomó uno de los caramelos adornados y lo puso en la boca de la dama volviendo enseguida a su posición original y disimulando que miraba con atención los diferentes tipo de bombones que aún no probaban, solo para hacerla sentir cómoda. Ella se sonrió pensando en lo dulce que había sido Izan y tímidamente dio el gusto bueno. Luego emprendieron el camino. Mientras caminaban por el sector admirando los espectáculos, la muchacha le mencionó ser la hija del herrero. Ella vendía en el mercado junto con su madre. Tenían un puesto de pan y dulces, su nombre era Atteneri. Izan pensó en lo grandioso que sería una vez finalizada la misión, ya que Ulises había prometido dejarlos libres de acción, y sin duda él volvería a Lur a encontrarse con Atteneri. La noche fue encantadora, Izan no sentía deseos de que acabara. Después de haber sido abandonado a los cinco años y llevado al fuerte Abar, por lo que él recordaba entonces “unos feos hombres” para hacerle experimentos, su vida no había sido muy prometedora. Una vez que empezó a practicar el dominio de las armas y que logró sobrevivir a esos dolorosos experimentos que dejaron más de alguna marca en su cuerpo, logró garantizar una vida larga sirviendo a Ulises vitalmente. Él, a su edad, ya sentía deseos de retirarse a una vida tranquila, cumpliendo con su responsabilidad de entregar sangre una vez al año para Ulises, para ayudarlo en su enfermedad.

Saúl y Beñat se encontraban jugando en el sector de hombres “juegos de fuerza”. Competían por dinero y apostaban dinero, si Leo tan solo imaginara esta situación de seguro los aniquilaría, pero cuando viera la cantidad de dinero que ellos ganaban con sus músculos tal vez se sentiría orgulloso de sus hombres. Saúl y Beñat habían sido entrenados en el fuerte de Abar. Ambos de treinta y veintiocho años respectivamente pertenecían a la clase exclusiva del fuerte al igual que Leo y Kimo. Ambas parejas siempre competían sobre quienes eran los mejores realizando sus misiones, y al finalizar cada misión este cuarteto se juntaba a presumir acerca de sus estrategias y sus gloriosas victorias. Era lo más similar a una amistad que hubieran conocido.

Así divertidamente acabó la noche y en diferentes horarios cada uno volvió a la pensión.

A altas horas de la noche Leo escoltaba silenciosamente a Siara, quién caminaba añorando los momentos de la noche ya que realmente había disfrutado como nunca. Sentía mucha paz caminando por aquel sendero de tierra que a esas horas ya se encontraba fría, su necesidad de intensificar su alegría la llevó a sacarse el calzado y sus pies tocaron la fresca arena. Al hacer eso su expresión fue tan llena, para Leo quién la miraba de reojo era difícil de explicar, era la encarnación de la vida. Siara abrió los ojos que por un breve instante había cerrado y siguió caminando mientras admiraba el camino rodeado de hermosos árboles en los que al terminar las copas se lograba contemplar la noche en todo su esplendor, además de aquel silencio que otorgaba Leo que le parecía muy cómodo y seguro. De la nada, Siara se detuvo cerca de un árbol en el que brotaban unas hermosas flores de color carmesí y Leo se vio obligado a parar. Siara dijo mirándolo perdidamente a los ojos –Hoy… fue una noche extraña ¿no crees?-. Leo mantuvo su seria expresión y de su bolsillo sacó desinteresadamente un collar –Ya que según tú esta noche las personas deben intercambiar regalos, yo…- estiró su mano -toma-. Siara se descolocó, ni una sola vez había imaginado que Leo podría seguir la vieja costumbre del pueblo de Lur y regalarle algo a ella para el día de la fertilidad de la tierra. Tomó el collar en sus manos y su rostro se iluminó al ver la hermosa mariposa meticulosamente hecha con encantadores detalles, que poco antes había admirado en el puesto de joyas. Muy emocionada volvió a mirar a Leo sonriéndole muy agradecida. Siara le dio la espalda y puso el collar en su cuello pidiéndole a él que lo amarrara. Leo con pasos seguros se acercó sintiéndose absurdo de los nervios que emitía y amarró torpemente el collar. Incluso si intentó mantener sus manos lejos de la piel de Siara en pequeños instantes no pudo evitar rozarla y una cálida sensación se apoderó de él cada vez que esto ocurría. Al terminar retrocedió y continúo caminando, Siara tardó un momento en seguirlo, disfrutando de la agradable sensación de cargar ese hermoso collar. Luego corrió hasta alcanzarlo y todo el camino le conversó acerca de las cosas que más le habían gustado, qué le había parecido grotesco y cómo se había sentido. Leo se preguntaba como una persona podía seguir dando su opinión de la cosas cuando otras ni siquiera la escuchaban o al menos parecía que no le prestaran atención. 




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