Una vez hubieron hecho un pequeño campamento lejos de la orilla del
mar, seis hombres se dispusieron a descansar, mientras dos debían hacer guardia.
Sería un turno rotatorio, así que pronto otros dos tendrían que suspender su
descanso para relevarlos.
Siara comenzó a recobrar el sentido, se sentía aturdida y un poco
mareada. Continuaba cubierta por la capucha pero ahora la llevaba bien
acomodada. Se sintió asustada y vacía, estaba desorientada, recordó lo sucedido
y en seguida adoptó una posición de celo, casi automáticamente empezó a sentir un dolor en la cabeza y sintió delicado su cuello, -Idiota- pensó, al recordar que
alguien la había golpeado y luego de eso había caído inconsciente. Entonces
sintió una angustia tremenda, no sabía que había ocurrido con su madre y su
prima ¿estarían bien? Empezó a sentir una desesperación sofocante, trató de
indagar en sus recuerdos de aquella noche, sobre el cómo habían sucedido las
cosas, no entendía qué podría haberla llevado hasta esa situación.
Uno de los
hombres comenzó a acercarse hacia ella para comprobar su estado, rápidamente
Siara volvió a cerrar los ojos para hacerse la dormida. El hombre la observó
durante un breve momento y siguió su camino. Al instante Siara volvió a abrir
los ojos para poder analizar su situación, lo primero que haría sería huir,
pero ¿dónde estaba? ¿Qué tan lejos de su hogar?, bueno eso sería algo que
pensaría una vez que estuviera fuera del alcance de sus raptores.
Había seis hombres durmiendo, otro que acababa de pasar cerca de ella y
que se encaminaba hacia uno de los extremos de la orilla, ¿había arena de playa
y en frente de ella un bosque?, la tomó por sorpresa. Por último había otro
hombre, y éste caminaba por los alrededores más próximos de la selva. Parecía
que la intención no era cuidar que ella escapara sino algo más, pensó, puesto
que si no, los guardias estarían junto a ella. Al hacer un rápido análisis y
sin pensarlo demasiado se dispuso a correr.
Al principio ninguno de los
hombres notó su movimiento, así que manteniéndose lo más sigilosa posible aumentó la
velocidad. Al estar lo suficientemente alejada de todos y llegando al fin al
borde que custodiaba el hombre más cercano a la selva, este la notó. Mientras
corría hacia ella avisó a su compañero, -¡Izan, atento!- Izan rápidamente miró
hacia su compañero, y sorprendido miró hacia el puesto donde recién había dejado
a Siara. Con un sentimiento de impotencia comenzó a correr hacia ella también.
Ya solo quedaba un paso para que Siara quedara oculta en la selva. A
causa del miedo y la ansiedad le era muy difícil respirar, casi podía sentir
que el corazón le explotaría de los nervios en cualquier momento, sin embargo
no perdía de vista su horizonte. Antes de alcanzar a reaccionar se encontró
frente a frente con un hombre, chocando inevitablemente.
Este cargaba leña en sus brazos y todos los leños cayeron al suelo.
Inclusive con el choque, Siara quiso seguir adelante pero producto de
la velocidad con que corría y el repentino golpe tropezó unos cuantos pasos más
allá. Sus manos ardían como consecuencia de haberse afirmado sobre ellas para
no desestabilizarse por completo, se levantó rápidamente e intentó seguir
corriendo pero sintió que la retenían de un brazo. La inundó una loca
pesadumbre, que creció más al oír como los otros dos se aproximaban a ellos, unos
segundos y estaría perdida. Segura de lo que haría cerró los ojos para armarse
de valor, y se giró hacia el individuo que la sujetaba golpeándolo en el estómago
con su pie. Leo fue tomado por sorpresa y no alcanzó a reaccionar, sin duda no
esperaba un ataque directo de una muchacha, más bien pensaba verla implorando
por su vida. Sintió un desasosiego y una irritación tremenda.
Pronto Izan y Saúl
llegaron a su lado, -mi señor, la muchacha, de repente estaba ahí quieta, y de
repente, fue tan rápido que...- Izan no sabía con que palabras justificar ese
incidente, mientras Leo aún se sostenía el estómago de dolor y miraba hacia
donde ella había corrido, pensó -Así que a esto se referían con que tuviera cuidado
con ella-, no podía otra vez subestimarla, incluso si no era tan ágil, forzuda
o inteligente como ellos. Intentó apaciguar a sus hombres y les ordenó mantenerse
unidos mientras esperaban el amanecer para que comenzaran a encaminarse hacia
donde descansan los Unos. El iría por Siara y los alcanzaría donde les había
indicado, después de todo nadie mejor que él se manejaba por aquella selva.
Siara corría a toda velocidad, sentía tanto miedo de que aún fueran
tras ella que no se detuvo en ningún momento a reparar sobre el lugar en el que
se estaba sumergiendo. Cuando creyó que estaba a salvo se detuvo en uno de los árboles
para recuperar el aliento, realmente quería pensar que allí, camuflada entre
las sombras y la noche no la encontrarían. Se sentó y comenzó a llorar afirmando
sus brazos en sus rodillas y refugiando su cara en ellos, ¿qué clase de
situación era esta? ¿Cómo estaría su familia, volvería a verlas algún día?
¿Moriría? ¿Podría salir de ese lugar?, entonces levantó la cabeza para hacer
desaparecer ese torbellino de ideas, e igual que una niña pequeña sintió miedo
de la oscuridad y las sombras en las que se ocultaba. Miró sus manos y lo
rasmilladas que estaban y se miró a si misma pensando que al menos había sido
una gran idea que le pusieran una capucha, ésta realmente la abrigaba.
Leo recorría el camino principal de la selva, apostaba que esa mocosa
con el miedo no había tanteado la idea siquiera de porqué el camino era tan
fácil, y considerando el lugar donde vivía en comparación con este, tampoco se
hubiera atrevido a introducirse en los espesores de la selva. Aún así sentía
incertidumbre, incluso en el camino principal era muy común encontrarse con
animales salvajes. Otra vez sintió exasperación por esa atolondrada mujer, si
algo le ocurría a ella, él tendría que morir en las manos del hombre a quien
más odiaba en la tierra. Con todos sus sentidos alerta solo siguió caminando,
sabía que en algún momento daría con ella.
Siara miraba para todas las direcciones, sentía como si la observaran
pero no podía estar segura de si era producto de su imaginación o si era real.
No quería mover un pie ya que no sabía hacia donde seguir, entonces un
ruido espeluznante la quitó de su ensimismamiento,
eso, sin lugar a dudas era real. Un animal, y no uno pequeño sino uno enorme,
saltó desde un arbusto ubicado en el lado derecho del camino, una bestia, algo
muy parecido a un cocodrilo pero tres veces más grande, tenía ojos rojos y
brillantes, y su piel era de color plomo y áspera, muy fácil de camuflar con
una roca. Siara gritó desaforadamente, y sin darse cuenta, como si estuviera
fuera de si ya estaba corriendo en dirección hacia el otro extremo de la selva con
el animal tras sus talones.
Siara intentaba escabullirse atravesando lugares pequeños. Pensaba que
de esta forma el animal disminuiría su velocidad al intentar hacerse espacio o
evitar los obstáculos, sin embargo el animal no perdía su ritmo y avanzaba muy
rápido, evidentemente la tenía como presa fácil, solo necesitaba acorralarla
para así golpearla y empezar a comérsela.
En seco Siara se detuvo sin dar crédito a
lo que veía, se vio bloqueada por una tremenda roca que daba lugar a unas altas montañas,
y unos cuantos cadáveres compartían el mismo triste e inevitable final. El
animal la alcanzó, parecía satisfecho con el resultado de su caza. Se giró aterrada. Mirándolo de
frente incluso parecía más horrible, y Siara se resignó a la idea de que esa
noche moriría, cerró los ojos y se pegó fuertemente a la roca para no caer
producto del fuerte flaqueo de sus piernas.
Leo oyó el terrible grito de Siara, pudo reconocerlo enseguida, puesto
que ninguna persona en la selva habría hecho tremendo alboroto sabiendo el
peligro que eso podía conllevar. Pensó lo peor y pedía por favor que esa mujer
pudiera sobrevivir unos cuantos minutos, sino sin duda la traería de vuelta a
la vida para matarla el mismo. Corrió en dirección a los gritos y después de
eso fue muy fácil seguirle los pasos ya que no era para nada cautelosa. Cuando divisó
el Jumet que la perseguía se puso a la defensiva y comenzó a efectuar
movimientos más cautelosos para así pasar desapercibido por el animal y poder
cazarlo sin mayor ajetreo. Solo veía una menuda sombra corriendo delante del
animal, y él parecía una pequeña sombra corriendo en paralelo al animal. Rápidamente
llegaron a la gran e impetuosa cadena de Montañas Minias dónde se bloqueaba el
camino de la selva. Leo se ocultó tras un gran árbol similar a un sauce pero
con un tronco muy grueso y el cual sus ramas de color naranjo conformaban sus
hojas, muy similares a lianas. Desde ahí podía observar toda la situación.
Cuando ambos, ella y el animal, estuvieron quietos, Leo calculó el movimiento
del animal arrojándose hacia Siara y una vez que el animal saltó sobre ella fue
animal muerto, la flecha atravesó su nuca.
Siara no entendía porque no había muerto, ¿o ya estaba muerta?, miró
con cautela al animal y lo vio tendido en el suelo, soltó un suspiro de alivio
mientras que sentía todo su cuerpo como
anestesiado de lo débil que la había hecho sentir el miedo, entonces miró hacia
los alrededores sospechando que alguien la había seguido y pensando que podía
ser uno de sus raptores echó a correr. Se devolvió recto por el camino con el
fin de encontrar otra ruta donde las montañas ya no bloquearan su paso, o le
abrieran camino.
Leo llegó al lugar donde estaba el animal y notó que Siara ya no
estaba, ¿es que acaso después de eso, ella seguiría huyendo?. Solo podía haber
seguido un camino después de esto, por lógica se devolvería hasta encontrar un
camino posible.
Cuando por fin llegó al lugar que buscaba, miró hacia la cima y
decidió que subir sería probablemente la mejor idea, así desde arriba podría
divisar que tan lejos se encontraba de su hogar, o quizá tendría una noción más
exacta de en donde estaba. Comenzó a subir por algo muy similar a un sendero,
lo que rápidamente la hizo cambiar de parecer, -demasiado obvio- pensó, y se
detuvo. Si alguien la seguía ¿no sería muy fácil encontrarla por ahí?, sin
embargo introducirse en los alrededores del camino significaba pensar en todo
tipo de bestias que podían andar sueltas, tenía que tomar una decisión rápida,
y decidió: antes de volver a caer en los brazos de sus raptores, prefería intentarlo.
La hierba del camino estaba húmeda, fresca, y había toda clase de
árboles pequeños y enormes, de colores, con formas, rodeando el sector, algo
muy poco convencional en su ciudad. Se preguntó que parte del mundo era esta,
jamás había visto nada como esto, ni siquiera en la televisión. Con la luz de
la luna alumbrando el temor se fue, pronto todo se tornó hermoso y rápidamente recuperó
la calma, resolvió que mientras no oyera el fuerte sonido de un animal o los
pasos de alguien, caminaría disfrutando de la hermosura que ofrecía el lugar. Un hermoso
ejemplar de un animalito llamó su atención, delicado como un ciervo pero rosa,
sus ojos eran casi una línea y desprendía una luz, muy semejante a la que
irradian las luciérnagas. Parecía ir en la misma dirección que ella así que
hipnotizada por su belleza comenzó a seguirlo muy divertida, incluso el animal
irradiaba un aura de pureza que la conmovió, de seguro donde iba ese animalito
era un lugar seguro.
Mientras subía, Siara se retaba por no haber hecho ningún
ejercicio en sus días matutinos, ahora sin duda se lo hubiese agradecido a ella
misma, en especial cuando el camino se volvía mas empinado. Mientras discutía
con sí misma y ensimismada en sus pensamientos como siempre, no notó las
sombras que pasaron a unos cuantos metros de ella hasta que sintió como una
flecha pasaba por sus narices dando con el pobre animalito. Abrió unos ojos
enormes producto de la sorpresa y cubrió su boca para reprimir un grito, quedando
conmocionada. Rápidamente se ocultó tras unos arbustos ¿la habrían visto?, realmente
era casi imposible que no la hubieran percibido. Vio pasar a tres hombres semi
vestidos y con los cuerpos pintados. Parecían guerreros y hablaban un idioma
que ella no entendía, pensando lo peor Siara retuvo hasta la respiración de
miedo, y ellos siguieron su camino. ¿Qué era esto? ¿Qué tan lejos estaba de su
hogar?, ¿qué era este nivel de falta de civilización? La curiosidad pudo más
que el miedo y Siara cuidadosamente los siguió, sabía que quizá eso la llevaría
directo al inframundo pero era una oportunidad que debía aprovechar, tal vez
podrían ayudarla a volver.
Después de mucho caminar llegó casi a la cima de uno de los picos de la montaña y oculta por unos
árboles observó con ansiedad y miedo un campamento donde se divisaban muchas
personas vestidos igual que los hombres que habían capturado al
"ciervo", como lo había denotado ella. Estos danzaban alrededor de
una hoguera y su música era tan intimidante como hipnotizante. Siara sintió
escalofríos los cuales lentamente recorrieron todo su cuerpo. Si en algún
momento había tenido alguna intención de acercarse a conversar con algún líder,
ahora ese pensamiento estaba totalmente descartado.
Los hombres pusieron al ciervo sobre una roca decorada rústicamente.
Siara no quería creer lo que le harían al pobre e inocente animal y la tomó por
sorpresa ver cómo sin siquiera detenerse a pensar mataban al ciervo y reunían
toda la sangre para que después una joven mujer vestida de rojo la bebiera. Sintió
deseos de vomitar al presenciar la escena y comenzó a tener arcadas. No sabía cómo
reaccionar, su corazón estaba agitado y su cuerpo frío, todo esto era demasiado
fuerte e irreal. Pero lo peor sucedió cuando un hombre se pintó la cara con sangre
restante del ciervo y en sus manos tomó un enorme sable disponiéndose entre
danzas y clamores a matar a la mujer, quien se recostó sobre la mesa de roca a
propia disposición. Cuando el hombre estuvo listo para desempeñar su papel y
dejó caer el sable, Siara no pudo soportarlo más, no estaba preparada para ver
morir a una persona y por impulso soltó un grito -¡no!-, el sable se detuvo a
medio camino y todos se le quedaron viendo inmóviles. Siara se cubrió la boca
con una expresión de terror y culpabilidad. Un hombre sentado frente a la mesa
de roca rugió –Aní- al decir esas palabras tres hombres corrieron ferozmente en
su dirección, mientras que Siara quedó petrificada.
Leo llevaba un buen tiempo siguiendo a Siara, esta era tan despistada
que ni siquiera lo había notado. No quería atacarla porque sin duda provocaría
un enfrentamiento, él prefería esperar a que ella inteligentemente decidiera
darse por vencida y buscar un lugar para dormir, pero esa mujer era incansable.
Cada uno de sus pasos le pareció extraño, una persona muy diferente de
ellos. Disfrazado entre las sombras escuchó cada minúsculo reclamo de ella
hacia el lugar, hacia ella misma, hacia su suerte, hacia el mundo, y notó lo
voluble que esta era cada vez que reía luego de cada queja. Cuando vio aparecer a los Unach dudó si entrometerse pero
si aparecía de la nada provocaría un caos, sin contar que Siara volvería a huir
o podía salir herida, y ellos apenas habían notado la presencia imprudente de
ella, algo que sin duda no hubiera ocurrido sin la ayuda del Nefí. Ese pequeño
animal capaz de desprender un aura tan grande y llamativa que con facilidad bloqueaba
la percepción de otros para con el entorno. Un animal ocupado muy comúnmente
como método de ataque en los espesores de la selva. Muchos lo buscaban para
cazarlos con intenciones de guerra y otros los sacrificaban pensando que de esa manera sus pueblos estarían protegidos de otros guerreros. Leo se sintió
tremendamente molesto una vez que ella había decidido seguir a los Unach, y
menos entendía como una persona después de ver actos tan atroces como los que
presenciaba podía gritar en vez de huir, ¿qué clase de sentido común tendría
ella? Los Unach no serían compasivos. Incontables veces había soñado con verla
morir pero esta no sería la mejor ocasión.
Ágilmente corrió la corta distancia que lo separaba de ella y la tomó
de un brazo jalándola con decisión para que ella lo siguiera. Ella cerró los
ojos dispuesta a todo, presa del miedo y la resignación. Corrieron a penas unos
pocos pasos hacia el extremo opuesto desde dónde venían los tres Unach, en dirección
a la cima y con fuerza producto de la velocidad acercó a Siara hacia sí refugiándola
entre sus brazos para ejecutar una maniobra de giro corto quedando ocultos
detrás de un árbol al mismo instante en que los Unach alcanzaron el lugar donde
había estado Siara.
Él la abrazaba y la retenía lo más junto a él que pudiera, haciendo
presión en su hombro para que no se alejara. La miraba directo a los ojos a modo de advertencia mientras le cubría la
boca con su mano libre. Se asomó para estudiar la situación y notó que los
Unach parecían desconcertados y rabiosos de haber sido burlados, ya que
buscaban diligentemente. Eso lo frustró, tenía la esperanza de que simplemente
dejaran pasar el hecho. Volvió a centrar su vista en Siara quién expectante no
le quitaba los ojos de encima. Por un instante el mundo se detuvo. Leo tenía
frente a frente a la persona culpable de su miserable vida, la persona que
lejos odiaba más en el mundo, y sin embargo ella lucía aterrada y débil. Sus
ojos eran transparentes como el agua al mismo tiempo que mostraban picardía, dos atributos que nunca
había contemplado juntos.
Siara se preguntaba que habría debajo de ese pañuelo que cubría el
rostro de su raptor. Ante ella solo podía ver unos ojos duros, tristes y
preocupados, lo que la hizo sentir compasiva, a pesar de intimidada.
Uno de los salvajes se acercaba mucho a ellos, posiblemente con esa
luna unos cuantos pasos más y serían descubiertos. Leo rápidamente quitó su
brazo de los hombros de Siara y sujetó un lado de sus caderas para empujarla
hacia el árbol sin dejar de cubrirle la boca y quedando tan cerca como pudiese
para poder llegar a formar solo una sombra con aquel árbol.
Se sintió muy incómodo en aquella situación, la mano parecía arderle y por un leve momento no fue capaz de mirarla a los ojos. Siara temblaba
de nervios, sentir la presencia de este hombre cubierto hasta el rostro le
producía incomodidad, y sin embargo era en el único que podía refugiarse.
La oscuridad estaba de su
parte, pero no por mucho tiempo ya que el sol acudiría en unas dos horas como
máximo. Se escuchó a lo lejos la voz del jefe Unach y tras evidentemente haber
dado una orden los tres hombres comenzaron a blandir sus hachas sin dirección
alguna con la intención de dar con alguien.
Uno de los hombres se encontraba lo suficientemente cerca de ambos, perturbando
en demasía a Leo ya que lo obligaba a tomar una decisión y esa decisión no podía
ser errónea. Siara al notar lo cerca que estaba el salvaje de ellos sintió
mucho miedo y buscando refugio y serenidad bajó la cabeza apoyándola sobre el
pecho de Leo, mientras se sujetaba con fuerza de su ropa. Leo quedó
desconcertado y bajó la cabeza para ver con sus propios ojos si eso era real,
luego impotente levantó la mirada dejándola fija en el árbol. La sensación le
desagradaba mucho, pero no podía hacer que ella le temiese justo ahora.
Un fuerte e inesperado dolor lo sacó de su ensimismamiento. El salvaje
le había dado con el hacha en el brazo rasgando sus ropas y dejando en él un
corte menor. Siara levantó la cabeza rápidamente, sus ojos evidentemente
mostraban preocupación. Leo intentó traspasar con su mirada a Siara sus
pensamientos, esperando que pudiera captar y seguir obedientemente sus
propósitos.
Sujetó con fuerza una de las manos de Siara quitándola de su ropa y se
decidió a correr, tomando como elección la única opción que se encontraba más
despejada. Con la mano que le había cubierto la boca a Siara sacó su cuchillo
que mantenía oculto a la altura del cinturón, y dio un paso hacia atrás saliendo
del refugio que le otorgaba el árbol y apareciendo de entre las sombras, tomando
totalmente desprevenido al guerrero. Este no alcanzó a emitir ni un leve quejido
antes de ser rápida e inescrupulosamente degollado. Siara quedó anonadada y
contuvo el aliento, entonces Leo echó a correr con Siara a los talones.
Los otros dos Unach solo se percataron de los ocurrido al escuchar las
respiraciones agitadas de estos corriendo y emitieron un sonido gutural. Como
respuesta al rugido de los Unach, cinco arqueros que esperaban, estaban
preparados y ansiosos por soltar sus flechas. Leo hizo un análisis rápido de la
situación. Como siempre estaba presto para tomar decisiones espontáneas. Al llegar a la cima se
detuvo de imprevisto y se giró hacia Siara, lo que desestabilizó un poco los
pasos de ella, entonces la jaló con fuerza hacia si para cubrirla en un abrazo
y saltó con la intención de tomar ventaja con la altura, y rodaron
cerro abajo. Cuando los Unach alcanzaron la cima desde donde se habían arrojado
vieron que al final del camino estaba el lago Maniaco lo que iluminó sus
malignas caras pensando en el fin de sus adversarios. Así triunfantes y con clamores
de victoria volvieron a su campamento.
Mientras rodaban cerro abajo Leo permanecía con la cabeza gacha sobre
la cabeza de Siara y la protegía de tal forma que su cuerpo hiciera el peso
fuerte en el cuál se apoyaban, sabía que inevitablemente ambos quedarían muy
magullados pero al menos habían escapado de los Unach.
Al llegar al final del camino quedaron levitando a una altura de un
metro por unos insignificantes segundos, zambulléndose en el agua. Por reflejo
ambos se soltaron para poder subir a la superficie, realmente los había tomado
desprevenidos. Con el fin de huir había olvidado completamente la presencia del
lago.
Mientras intentaban subir a la superficie, las enredaderas del famoso
lago comenzaron a hacer lo suyo, y de una forma muy ágil y sigilosa los ataban.
Siara no podía dar crédito de lo que estaba sucediendo, sus pies los tenía
atados y era jalada hacia al fondo. Asegurándose de aguantar la respiración se
enroscó para intentar soltar las cuerdas que le amarraban los pies, sin embargo
comenzó a ver más cosas que se acercaban a atarla. Con terror recobró la
postura intentando con todas sus fuerzas subir pero finalmente se rindió, el cansancio y la resignación pudo más,
saber que tendría miedo de lo que podría venir después, de repente ya no quiso
seguir luchando y las enredaderas lentamente empezaron a atarla hasta llegar a
su tronco.
En paralelo Leo con su cuchillo y una ferviente determinación se
mantenía libre de las enredaderas y se hundía para intentar encontrar a Siara,
pero las enredaderas cada vez eran más abundantes y la oscuridad le estorbaba
mucho en este caso. El hecho de estar a cada segundo cortando las enredaderas
que intentaban pegarse a él le acortaba las posibilidades de hacer un rastreo
más profundo, entonces tercamente comenzó a nadar a tramo largo directo al
fondo apoyándose con otro de sus cuchillos para abrirse camino. Finalmente
sintió una barrera, algo parecido a un capullo, sin duda era Siara. Comenzó a
cortar cuidadosamente hasta que empezó a sentir su cuerpo. Mientras luchaba por
liberarla las enredaderas molestamente lo intentaban enrollar por lo que también
tenía que preocuparse de mantenerse limpio de esas cosas, hasta que con mucha
destreza lo logró. Tomó el cuerpo de
Siara apegándola a él y con mucho sacrificio intentó alcanzar la superficie.
Cuando casi salía del agua una enredadera le amarró con fuerza el talón, se
sintió frustrado y con rabia se encorvó preocupándose de no soltar el cuerpo de
Siara. Cortó la enredadera, ya casi no le quedaba aire en sus pulmones solo lo
propulsaban los deseos de llegar arriba y yendo lo más rápido, rajando todo a
su paso logró subir. Nadó hasta llegar a la otra orilla lo cual no fue un gran
impedimento ya que la distancia era estrecha, ese lago simplemente era evitado
por cautela puesto que una vez sumergidos no era nada fácil librarse de las
enredaderas.
Leo y Siara quedaron con el cuerpo a medias entre el agua y la tierra.
Leo estaba muy cansado lo que lo ponía un poco débil, sus ropas estaban muy
pesadas a causa del agua, y el brazo herido por el hacha le estorbaba mucho. Se
sentó en la orilla y arrastrándose hacia afuera comenzó a arrastrar con él a
Siara hasta dejarla tendida totalmente en tierra, entonces se giró hacia un
costado quedando recostado mirando hacia el cielo, necesitaba recuperar el
aliento. Se preocupó ya que no oyó la respiración de Siara, inquieto se hincó
junto a ella y se acercó para oír su respiración: estaba detenida y ella lucía
muy pálida. Leo se desesperó ¿alcanzaría a hacer algo? muy rápido, impulsado
por sentimientos que jamás se había permitido expresar como los nervios y la
exasperación le quitó la capucha y el chaleco dejándola solo con la polera de
pábilo rosada que llevaba puesta, y comenzó a hacer lo que le habían enseñado
en primeros auxilios: presionó sobre el pecho de Siara y luego le hizo
respiración boca a boca, repitió el mismo procedimiento unas cuantas veces,
hasta que mientras tapaba su nariz y colocaba su boca sobre ella por quinta
vez, esta despertó. Agitada como si hubiera vuelto de la muerte comenzó a botar
agua y a toser, él la observó aliviado y se sentó a un lado sosteniéndose la
frente para poder volver a recuperar la serenidad que lo caracterizaba y que
cerca de esta mujer parecía haber desaparecido. Cuando Siara hubo terminado, se
volvió a recostar sobre la arena húmeda observando cómo lentamente amanecía, se
encontraba muy agotada y su respiración todavía estaba agitada hasta que
lentamente volvió a la calma. Ambos mantuvieron el silencio intacto, no querían
estropearlo. Ella meditabunda pensando en los sucesos, él aliviado de que la
tuviera a salvo. Se percató de que ella sentía frío, y notó por lo demás que
lucía esa extraña ropa que no la hacía pasar desapercibida para nada, entonces
Leo se levantó y observando el camino le dijo -Vamos, antes que el frío termine
por acabar con nosotros-. Siara lo vio a la cara y no pudo ocultar su expresión de asombro al verlo sin la tela que cubría su rostro, como si hubiese echo algo malo. Al caer en cuenta de su expresión bajó la cabeza meditando acerca de cómo ese hombre podía seguir
moviéndose después de todo lo ocurrido. Pero obedientemente y con mucho esfuerzo
se levantó.
Incluso al notar lo dificultoso que fue para ella levantarse él no la
ayudó, además esta vez no podía fiarse por lo que se giró para acercarse a ella.
Siara se emocionó pensando que él se ofrecería caballerescamente a llevarla
pero se encolerizó cuando cayó en cuenta de que su intención era amarrarle las
muñecas.
Sin ni una pizca de delicadeza Leo le ató sus manos, más bien
apropósito las amarró con brusquedad y rabia. Incluso aunque Siara se sentía molesta
y se dañara decidió solo por esta vez no protestar, al menos cerca de él iría
segura.
El viaje hacia adelante fue seguro y corto. El sol ya había empezado a
calentar, por lo que deberían haber caminado unas cinco horas. Y así
silenciosamente llegaron al lugar donde obedientemente sus hombres lo
esperaban.
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