jueves, 31 de diciembre de 2015

CAPÍTULO 2


Una vez hubieron hecho un pequeño campamento lejos de la orilla del mar, seis hombres se dispusieron a descansar, mientras dos debían hacer guardia. Sería un turno rotatorio, así que pronto otros dos tendrían que suspender su descanso para relevarlos.

Siara comenzó a recobrar el sentido, se sentía aturdida y un poco mareada. Continuaba cubierta por la capucha pero ahora la llevaba bien acomodada. Se sintió asustada y vacía, estaba desorientada, recordó lo sucedido y en seguida adoptó una posición de celo, casi automáticamente empezó a sentir un dolor en la cabeza y sintió delicado su cuello, -Idiota- pensó, al recordar que alguien la había golpeado y luego de eso había caído inconsciente. Entonces sintió una angustia tremenda, no sabía que había ocurrido con su madre y su prima ¿estarían bien? Empezó a sentir una desesperación sofocante, trató de indagar en sus recuerdos de aquella noche, sobre el cómo habían sucedido las cosas, no entendía qué podría haberla llevado hasta esa situación. 

Uno de los hombres comenzó a acercarse hacia ella para comprobar su estado, rápidamente Siara volvió a cerrar los ojos para hacerse la dormida. El hombre la observó durante un breve momento y siguió su camino. Al instante Siara volvió a abrir los ojos para poder analizar su situación, lo primero que haría sería huir, pero ¿dónde estaba? ¿Qué tan lejos de su hogar?, bueno eso sería algo que pensaría una vez que estuviera fuera del alcance de sus raptores.

Había seis hombres durmiendo, otro que acababa de pasar cerca de ella y que se encaminaba hacia uno de los extremos de la orilla, ¿había arena de playa y en frente de ella un bosque?, la tomó por sorpresa. Por último había otro hombre, y éste caminaba por los alrededores más próximos de la selva. Parecía que la intención no era cuidar que ella escapara sino algo más, pensó, puesto que si no, los guardias estarían junto a ella. Al hacer un rápido análisis y sin pensarlo demasiado se dispuso a correr.

Al principio ninguno de los hombres notó su movimiento, así que manteniéndose lo más sigilosa posible aumentó la velocidad. Al estar lo suficientemente alejada de todos y llegando al fin al borde que custodiaba el hombre más cercano a la selva, este la notó. Mientras corría hacia ella avisó a su compañero, -¡Izan, atento!- Izan rápidamente miró hacia su compañero, y sorprendido miró hacia el puesto donde recién había dejado a Siara. Con un sentimiento de impotencia comenzó a correr hacia ella también.

Ya solo quedaba un paso para que Siara quedara oculta en la selva. A causa del miedo y la ansiedad le era muy difícil respirar, casi podía sentir que el corazón le explotaría de los nervios en cualquier momento, sin embargo no perdía de vista su horizonte. Antes de alcanzar a reaccionar se encontró frente a frente con un hombre, chocando inevitablemente.
Este cargaba leña en sus brazos y todos los leños cayeron al suelo.

Inclusive con el choque, Siara quiso seguir adelante pero producto de la velocidad con que corría y el repentino golpe tropezó unos cuantos pasos más allá. Sus manos ardían como consecuencia de haberse afirmado sobre ellas para no desestabilizarse por completo, se levantó rápidamente e intentó seguir corriendo pero sintió que la retenían de un brazo. La inundó una loca pesadumbre, que creció más al oír como los otros dos se aproximaban a ellos, unos segundos y estaría perdida. Segura de lo que haría cerró los ojos para armarse de valor, y se giró hacia el individuo que la sujetaba golpeándolo en el estómago con su pie. Leo fue tomado por sorpresa y no alcanzó a reaccionar, sin duda no esperaba un ataque directo de una muchacha, más bien pensaba verla implorando por su vida. Sintió un desasosiego y una irritación tremenda. 
Pronto Izan y Saúl llegaron a su lado, -mi señor, la muchacha, de repente estaba ahí quieta, y de repente, fue tan rápido que...- Izan no sabía con que palabras justificar ese incidente, mientras Leo aún se sostenía el estómago de dolor y miraba hacia donde ella había corrido, pensó -Así que a esto se referían con que tuviera cuidado con ella-, no podía otra vez subestimarla, incluso si no era tan ágil, forzuda o inteligente como ellos. Intentó apaciguar a sus hombres y les ordenó mantenerse unidos mientras esperaban el amanecer para que comenzaran a encaminarse hacia donde descansan los Unos. El iría por Siara y los alcanzaría donde les había indicado, después de todo nadie mejor que él se manejaba por aquella selva.

Siara corría a toda velocidad, sentía tanto miedo de que aún fueran tras ella que no se detuvo en ningún momento a reparar sobre el lugar en el que se estaba sumergiendo. Cuando creyó que estaba a salvo se detuvo en uno de los árboles para recuperar el aliento, realmente quería pensar que allí, camuflada entre las sombras y la noche no la encontrarían. Se sentó y comenzó a llorar afirmando sus brazos en sus rodillas y refugiando su cara en ellos, ¿qué clase de situación era esta? ¿Cómo estaría su familia, volvería a verlas algún día? ¿Moriría? ¿Podría salir de ese lugar?, entonces levantó la cabeza para hacer desaparecer ese torbellino de ideas, e igual que una niña pequeña sintió miedo de la oscuridad y las sombras en las que se ocultaba. Miró sus manos y lo rasmilladas que estaban y se miró a si misma pensando que al menos había sido una gran idea que le pusieran una capucha, ésta realmente la abrigaba.

Leo recorría el camino principal de la selva, apostaba que esa mocosa con el miedo no había tanteado la idea siquiera de porqué el camino era tan fácil, y considerando el lugar donde vivía en comparación con este, tampoco se hubiera atrevido a introducirse en los espesores de la selva. Aún así sentía incertidumbre, incluso en el camino principal era muy común encontrarse con animales salvajes. Otra vez sintió exasperación por esa atolondrada mujer, si algo le ocurría a ella, él tendría que morir en las manos del hombre a quien más odiaba en la tierra. Con todos sus sentidos alerta solo siguió caminando, sabía que en algún momento daría con ella.

Siara miraba para todas las direcciones, sentía como si la observaran pero no podía estar segura de si era producto de su imaginación o si era real. No quería mover un pie ya que no sabía hacia donde seguir, entonces un ruido  espeluznante la quitó de su ensimismamiento, eso, sin lugar a dudas era real. Un animal, y no uno pequeño sino uno enorme, saltó desde un arbusto ubicado en el lado derecho del camino, una bestia, algo muy parecido a un cocodrilo pero tres veces más grande, tenía ojos rojos y brillantes, y su piel era de color plomo y áspera, muy fácil de camuflar con una roca. Siara gritó desaforadamente, y sin darse cuenta, como si estuviera fuera de si ya estaba corriendo en dirección hacia el otro extremo de la selva con el animal tras sus talones.

Siara intentaba escabullirse atravesando lugares pequeños. Pensaba que de esta forma el animal disminuiría su velocidad al intentar hacerse espacio o evitar los obstáculos, sin embargo el animal no perdía su ritmo y avanzaba muy rápido, evidentemente la tenía como presa fácil, solo necesitaba acorralarla para así golpearla y empezar a comérsela. 

En seco Siara se detuvo sin dar crédito a lo que veía, se vio bloqueada por una tremenda roca que daba lugar a unas altas montañas, y unos cuantos cadáveres compartían el mismo triste e inevitable final. El animal la alcanzó, parecía satisfecho con el resultado de su caza. Se giró aterrada. Mirándolo de frente incluso parecía más horrible, y Siara se resignó a la idea de que esa noche moriría, cerró los ojos y se pegó fuertemente a la roca para no caer producto del fuerte flaqueo de sus piernas.

Leo oyó el terrible grito de Siara, pudo reconocerlo enseguida, puesto que ninguna persona en la selva habría hecho tremendo alboroto sabiendo el peligro que eso podía conllevar. Pensó lo peor y pedía por favor que esa mujer pudiera sobrevivir unos cuantos minutos, sino sin duda la traería de vuelta a la vida para matarla el mismo. Corrió en dirección a los gritos y después de eso fue muy fácil seguirle los pasos ya que no era para nada cautelosa. Cuando divisó el Jumet que la perseguía se puso a la defensiva y comenzó a efectuar movimientos más cautelosos para así pasar desapercibido por el animal y poder cazarlo sin mayor ajetreo. Solo veía una menuda sombra corriendo delante del animal, y él parecía una pequeña sombra corriendo en paralelo al animal. Rápidamente llegaron a la gran e impetuosa cadena de Montañas Minias dónde se bloqueaba el camino de la selva. Leo se ocultó tras un gran árbol similar a un sauce pero con un tronco muy grueso y el cual sus ramas de color naranjo conformaban sus hojas, muy similares a lianas. Desde ahí podía observar toda la situación. Cuando ambos, ella y el animal, estuvieron quietos, Leo calculó el movimiento del animal arrojándose hacia Siara y una vez que el animal saltó sobre ella fue animal muerto, la flecha atravesó su nuca.

Siara no entendía porque no había muerto, ¿o ya estaba muerta?, miró con cautela al animal y lo vio tendido en el suelo, soltó un suspiro de alivio mientras que  sentía todo su cuerpo como anestesiado de lo débil que la había hecho sentir el miedo, entonces miró hacia los alrededores sospechando que alguien la había seguido y pensando que podía ser uno de sus raptores echó a correr. Se devolvió recto por el camino con el fin de encontrar otra ruta donde las montañas ya no bloquearan su paso, o le abrieran camino.

Leo llegó al lugar donde estaba el animal y notó que Siara ya no estaba, ¿es que acaso después de eso, ella seguiría huyendo?. Solo podía haber seguido un camino después de esto, por lógica se devolvería hasta encontrar un camino posible.

Cuando por fin llegó al lugar que buscaba, miró hacia la cima y decidió que subir sería probablemente la mejor idea, así desde arriba podría divisar que tan lejos se encontraba de su hogar, o quizá tendría una noción más exacta de en donde estaba. Comenzó a subir por algo muy similar a un sendero, lo que rápidamente la hizo cambiar de parecer, -demasiado obvio- pensó, y se detuvo. Si alguien la seguía ¿no sería muy fácil encontrarla por ahí?, sin embargo introducirse en los alrededores del camino significaba pensar en todo tipo de bestias que podían andar sueltas, tenía que tomar una decisión rápida, y decidió: antes de volver a caer en los brazos de sus raptores, prefería intentarlo.

La hierba del camino estaba húmeda, fresca, y había toda clase de árboles pequeños y enormes, de colores, con formas, rodeando el sector, algo muy poco convencional en su ciudad. Se preguntó que parte del mundo era esta, jamás había visto nada como esto, ni siquiera en la televisión. Con la luz de la luna alumbrando el temor se fue, pronto todo se tornó hermoso y rápidamente recuperó la calma, resolvió que mientras no oyera el fuerte sonido de un animal o los pasos de alguien, caminaría disfrutando de la hermosura que ofrecía el lugar. Un hermoso ejemplar de un animalito llamó su atención, delicado como un ciervo pero rosa, sus ojos eran casi una línea y desprendía una luz, muy semejante a la que irradian las luciérnagas. Parecía ir en la misma dirección que ella así que hipnotizada por su belleza comenzó a seguirlo muy divertida, incluso el animal irradiaba un aura de pureza que la conmovió, de seguro donde iba ese animalito era un lugar seguro.

Mientras subía, Siara se retaba por no haber hecho ningún ejercicio en sus días matutinos, ahora sin duda se lo hubiese agradecido a ella misma, en especial cuando el camino se volvía mas empinado. Mientras discutía con sí misma y ensimismada en sus pensamientos como siempre, no notó las sombras que pasaron a unos cuantos metros de ella hasta que sintió como una flecha pasaba por sus narices dando con el pobre animalito. Abrió unos ojos enormes producto de la sorpresa y cubrió su boca para reprimir un grito, quedando conmocionada. Rápidamente se ocultó tras unos arbustos ¿la habrían visto?, realmente era casi imposible que no la hubieran percibido. Vio pasar a tres hombres semi vestidos y con los cuerpos pintados. Parecían guerreros y hablaban un idioma que ella no entendía, pensando lo peor Siara retuvo hasta la respiración de miedo, y ellos siguieron su camino. ¿Qué era esto? ¿Qué tan lejos estaba de su hogar?, ¿qué era este nivel de falta de civilización? La curiosidad pudo más que el miedo y Siara cuidadosamente los siguió, sabía que quizá eso la llevaría directo al inframundo pero era una oportunidad que debía aprovechar, tal vez podrían ayudarla a volver.

Después de mucho caminar llegó casi a la cima de uno de los picos de la montaña y oculta por unos árboles observó con ansiedad y miedo un campamento donde se divisaban muchas personas vestidos igual que los hombres que habían capturado al "ciervo", como lo había denotado ella. Estos danzaban alrededor de una hoguera y su música era tan intimidante como hipnotizante. Siara sintió escalofríos los cuales lentamente recorrieron todo su cuerpo. Si en algún momento había tenido alguna intención de acercarse a conversar con algún líder, ahora ese pensamiento estaba totalmente descartado.

Los hombres pusieron al ciervo sobre una roca decorada rústicamente. Siara no quería creer lo que le harían al pobre e inocente animal y la tomó por sorpresa ver cómo sin siquiera detenerse a pensar mataban al ciervo y reunían toda la sangre para que después una joven mujer vestida de rojo la bebiera. Sintió deseos de vomitar al presenciar la escena y comenzó a tener arcadas. No sabía cómo reaccionar, su corazón estaba agitado y su cuerpo frío, todo esto era demasiado fuerte e irreal. Pero lo peor sucedió cuando un hombre se pintó la cara con sangre restante del ciervo y en sus manos tomó un enorme sable disponiéndose entre danzas y clamores a matar a la mujer, quien se recostó sobre la mesa de roca a propia disposición. Cuando el hombre estuvo listo para desempeñar su papel y dejó caer el sable, Siara no pudo soportarlo más, no estaba preparada para ver morir a una persona y por impulso soltó un grito -¡no!-, el sable se detuvo a medio camino y todos se le quedaron viendo inmóviles. Siara se cubrió la boca con una expresión de terror y culpabilidad. Un hombre sentado frente a la mesa de roca rugió –Aní- al decir esas palabras tres hombres corrieron ferozmente en su dirección, mientras que Siara quedó petrificada.

Leo llevaba un buen tiempo siguiendo a Siara, esta era tan despistada que ni siquiera lo había notado. No quería atacarla porque sin duda provocaría un enfrentamiento, él prefería esperar a que ella inteligentemente decidiera darse por vencida y buscar un lugar para dormir, pero esa mujer era incansable.
Cada uno de sus pasos le pareció extraño, una persona muy diferente de ellos. Disfrazado entre las sombras escuchó cada minúsculo reclamo de ella hacia el lugar, hacia ella misma, hacia su suerte, hacia el mundo, y notó lo voluble que esta era cada vez que reía luego de cada queja. Cuando vio aparecer a los Unach dudó si entrometerse pero si aparecía de la nada provocaría un caos, sin contar que Siara volvería a huir o podía salir herida, y ellos apenas habían notado la presencia imprudente de ella, algo que sin duda no hubiera ocurrido sin la ayuda del Nefí. Ese pequeño animal capaz de desprender un aura tan grande y llamativa que con facilidad bloqueaba la percepción de otros para con el entorno. Un animal ocupado muy comúnmente como método de ataque en los espesores de la selva. Muchos lo buscaban para cazarlos con intenciones de guerra y otros los sacrificaban pensando que de esa manera sus pueblos estarían protegidos de otros guerreros. Leo se sintió tremendamente molesto una vez que ella había decidido seguir a los Unach, y menos entendía como una persona después de ver actos tan atroces como los que presenciaba podía gritar en vez de huir, ¿qué clase de sentido común tendría ella? Los Unach no serían compasivos. Incontables veces había soñado con verla morir pero esta no sería la mejor ocasión.

Ágilmente corrió la corta distancia que lo separaba de ella y la tomó de un brazo jalándola con decisión para que ella lo siguiera. Ella cerró los ojos dispuesta a todo, presa del miedo y la resignación. Corrieron a penas unos pocos pasos hacia el extremo opuesto desde dónde venían los tres Unach, en dirección a la cima y con fuerza producto de la velocidad acercó a Siara hacia sí refugiándola entre sus brazos para ejecutar una maniobra de giro corto quedando ocultos detrás de un árbol al mismo instante en que los Unach alcanzaron el lugar donde había estado Siara.

Él la abrazaba y la retenía lo más junto a él que pudiera, haciendo presión en su hombro para que no se alejara. La miraba directo a los ojos a modo de advertencia mientras le cubría la boca con su mano libre. Se asomó para estudiar la situación y notó que los Unach parecían desconcertados y rabiosos de haber sido burlados, ya que buscaban diligentemente. Eso lo frustró, tenía la esperanza de que simplemente dejaran pasar el hecho. Volvió a centrar su vista en Siara quién expectante no le quitaba los ojos de encima. Por un instante el mundo se detuvo. Leo tenía frente a frente a la persona culpable de su miserable vida, la persona que lejos odiaba más en el mundo, y sin embargo ella lucía aterrada y débil. Sus ojos eran transparentes como el agua al mismo tiempo que  mostraban picardía, dos atributos que nunca había contemplado juntos.
Siara se preguntaba que habría debajo de ese pañuelo que cubría el rostro de su raptor. Ante ella solo podía ver unos ojos duros, tristes y preocupados, lo que la hizo sentir compasiva, a pesar de intimidada.

Uno de los salvajes se acercaba mucho a ellos, posiblemente con esa luna unos cuantos pasos más y serían descubiertos. Leo rápidamente quitó su brazo de los hombros de Siara y sujetó un lado de sus caderas para empujarla hacia el árbol sin dejar de cubrirle la boca y quedando tan cerca como pudiese para poder llegar a formar solo una sombra con aquel árbol.
Se sintió muy incómodo en aquella situación, la mano parecía arderle y por un leve momento no fue capaz de mirarla a los ojos. Siara temblaba de nervios, sentir la presencia de este hombre cubierto hasta el rostro le producía incomodidad, y sin embargo era en el único que podía refugiarse.

La oscuridad estaba de su parte, pero no por mucho tiempo ya que el sol acudiría en unas dos horas como máximo. Se escuchó a lo lejos la voz del jefe Unach y tras evidentemente haber dado una orden los tres hombres comenzaron a blandir sus hachas sin dirección alguna con la intención de dar con alguien.

Uno de los hombres se encontraba lo suficientemente cerca de ambos, perturbando en demasía a Leo ya que lo obligaba a tomar una decisión y esa decisión no podía ser errónea. Siara al notar lo cerca que estaba el salvaje de ellos sintió mucho miedo y buscando refugio y serenidad bajó la cabeza apoyándola sobre el pecho de Leo, mientras se sujetaba con fuerza de su ropa. Leo quedó desconcertado y bajó la cabeza para ver con sus propios ojos si eso era real, luego impotente levantó la mirada dejándola fija en el árbol. La sensación le desagradaba mucho, pero no podía hacer que ella le temiese justo ahora.

Un fuerte e inesperado dolor lo sacó de su ensimismamiento. El salvaje le había dado con el hacha en el brazo rasgando sus ropas y dejando en él un corte menor. Siara levantó la cabeza rápidamente, sus ojos evidentemente mostraban preocupación. Leo intentó traspasar con su mirada a Siara sus pensamientos, esperando que pudiera captar y seguir obedientemente sus propósitos.

Sujetó con fuerza una de las manos de Siara quitándola de su ropa y se decidió a correr, tomando como elección la única opción que se encontraba más despejada. Con la mano que le había cubierto la boca a Siara sacó su cuchillo que mantenía oculto a la altura del cinturón, y dio un paso hacia atrás saliendo del refugio que le otorgaba el árbol y apareciendo de entre las sombras, tomando totalmente desprevenido al guerrero. Este no alcanzó a emitir ni un leve quejido antes de ser rápida e inescrupulosamente degollado. Siara quedó anonadada y contuvo el aliento, entonces Leo echó a correr con Siara a los talones.

Los otros dos Unach solo se percataron de los ocurrido al escuchar las respiraciones agitadas de estos corriendo y emitieron un sonido gutural. Como respuesta al rugido de los Unach, cinco arqueros que esperaban, estaban preparados y ansiosos por soltar sus flechas. Leo hizo un análisis rápido de la situación. Como siempre estaba presto para tomar decisiones espontáneas. Al llegar a la cima se detuvo de imprevisto y se giró hacia Siara, lo que desestabilizó un poco los pasos de ella, entonces la jaló con fuerza hacia si para cubrirla en un abrazo y saltó con la intención de tomar ventaja con la altura, y rodaron cerro abajo. Cuando los Unach alcanzaron la cima desde donde se habían arrojado vieron que al final del camino estaba el lago Maniaco lo que iluminó sus malignas caras pensando en el fin de sus adversarios. Así triunfantes y con clamores de victoria volvieron a su campamento.

Mientras rodaban cerro abajo Leo permanecía con la cabeza gacha sobre la cabeza de Siara y la protegía de tal forma que su cuerpo hiciera el peso fuerte en el cuál se apoyaban, sabía que inevitablemente ambos quedarían muy magullados pero al menos habían escapado de los Unach.

Al llegar al final del camino quedaron levitando a una altura de un metro por unos insignificantes segundos, zambulléndose en el agua. Por reflejo ambos se soltaron para poder subir a la superficie, realmente los había tomado desprevenidos. Con el fin de huir había olvidado completamente la presencia del lago.

Mientras intentaban subir a la superficie, las enredaderas del famoso lago comenzaron a hacer lo suyo, y de una forma muy ágil y sigilosa los ataban. Siara no podía dar crédito de lo que estaba sucediendo, sus pies los tenía atados y era jalada hacia al fondo. Asegurándose de aguantar la respiración se enroscó para intentar soltar las cuerdas que le amarraban los pies, sin embargo comenzó a ver más cosas que se acercaban a atarla. Con terror recobró la postura intentando con todas sus fuerzas subir pero finalmente se rindió, el cansancio y la resignación pudo más, saber que tendría miedo de lo que podría venir después, de repente ya no quiso seguir luchando y las enredaderas lentamente empezaron a atarla hasta llegar a su tronco.

En paralelo Leo con su cuchillo y una ferviente determinación se mantenía libre de las enredaderas y se hundía para intentar encontrar a Siara, pero las enredaderas cada vez eran más abundantes y la oscuridad le estorbaba mucho en este caso. El hecho de estar a cada segundo cortando las enredaderas que intentaban pegarse a él le acortaba las posibilidades de hacer un rastreo más profundo, entonces tercamente comenzó a nadar a tramo largo directo al fondo apoyándose con otro de sus cuchillos para abrirse camino. Finalmente sintió una barrera, algo parecido a un capullo, sin duda era Siara. Comenzó a cortar cuidadosamente hasta que empezó a sentir su cuerpo. Mientras luchaba por liberarla las enredaderas molestamente lo intentaban enrollar por lo que también tenía que preocuparse de mantenerse limpio de esas cosas, hasta que con mucha destreza  lo logró. Tomó el cuerpo de Siara apegándola a él y con mucho sacrificio intentó alcanzar la superficie. Cuando casi salía del agua una enredadera le amarró con fuerza el talón, se sintió frustrado y con rabia se encorvó preocupándose de no soltar el cuerpo de Siara. Cortó la enredadera, ya casi no le quedaba aire en sus pulmones solo lo propulsaban los deseos de llegar arriba y yendo lo más rápido, rajando todo a su paso logró subir. Nadó hasta llegar a la otra orilla lo cual no fue un gran impedimento ya que la distancia era estrecha, ese lago simplemente era evitado por cautela puesto que una vez sumergidos no era nada fácil librarse de las enredaderas.

Leo y Siara quedaron con el cuerpo a medias entre el agua y la tierra. Leo estaba muy cansado lo que lo ponía un poco débil, sus ropas estaban muy pesadas a causa del agua, y el brazo herido por el hacha le estorbaba mucho. Se sentó en la orilla y arrastrándose hacia afuera comenzó a arrastrar con él a Siara hasta dejarla tendida totalmente en tierra, entonces se giró hacia un costado quedando recostado mirando hacia el cielo, necesitaba recuperar el aliento. Se preocupó ya que no oyó la respiración de Siara, inquieto se hincó junto a ella y se acercó para oír su respiración: estaba detenida y ella lucía muy pálida. Leo se desesperó ¿alcanzaría a hacer algo? muy rápido, impulsado por sentimientos que jamás se había permitido expresar como los nervios y la exasperación le quitó la capucha y el chaleco dejándola solo con la polera de pábilo rosada que llevaba puesta, y comenzó a hacer lo que le habían enseñado en primeros auxilios: presionó sobre el pecho de Siara y luego le hizo respiración boca a boca, repitió el mismo procedimiento unas cuantas veces, hasta que mientras tapaba su nariz y colocaba su boca sobre ella por quinta vez, esta despertó. Agitada como si hubiera vuelto de la muerte comenzó a botar agua y a toser, él la observó aliviado y se sentó a un lado sosteniéndose la frente para poder volver a recuperar la serenidad que lo caracterizaba y que cerca de esta mujer parecía haber desaparecido. Cuando Siara hubo terminado, se volvió a recostar sobre la arena húmeda observando cómo lentamente amanecía, se encontraba muy agotada y su respiración todavía estaba agitada hasta que lentamente volvió a la calma. Ambos mantuvieron el silencio intacto, no querían estropearlo. Ella meditabunda pensando en los sucesos, él aliviado de que la tuviera a salvo. Se percató de que ella sentía frío, y notó por lo demás que lucía esa extraña ropa que no la hacía pasar desapercibida para nada, entonces Leo se levantó y observando el camino le dijo -Vamos, antes que el frío termine por acabar con nosotros-. Siara lo vio a la cara y no pudo ocultar su expresión de asombro al verlo sin la tela que cubría su rostro, como si hubiese echo algo malo. Al caer en cuenta de su expresión bajó la cabeza meditando acerca de cómo ese hombre podía seguir moviéndose después de todo lo ocurrido. Pero obedientemente y con mucho esfuerzo se levantó.

Incluso al notar lo dificultoso que fue para ella levantarse él no la ayudó, además esta vez no podía fiarse por lo que se giró para acercarse a ella. Siara se emocionó pensando que él se ofrecería caballerescamente a llevarla pero se encolerizó cuando cayó en cuenta de que su intención era amarrarle las muñecas.
 Sin ni una pizca de delicadeza Leo le ató sus manos, más bien apropósito las amarró con brusquedad y rabia. Incluso aunque Siara se sentía molesta y se dañara decidió solo por esta vez no protestar, al menos cerca de él iría segura.


El viaje hacia adelante fue seguro y corto. El sol ya había empezado a calentar, por lo que deberían haber caminado unas cinco horas. Y así silenciosamente llegaron al lugar donde obedientemente sus hombres lo esperaban. 

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