Leo se encontraba recostado sobre su cama. A veces podía sentir como
su corazón se agitaba de desesperación y rápidamente se desaceleraba, sobre
todo en momentos donde las ansias lo llenaban. Había crecido rodeado por los cuatro muros de esa maldita habitación,
siempre tan fría, tan vacía, tan similar a una prisión. Como solía hacer cerró
sus manos en puños y mantuvo la respiración intentando lanzar lejos todos esos
pensamientos desalentadores que lo abordaban y así poder encontrar calma, la
inteligencia emocional era su mundo.
Después de todos esos indeseables años, al fin toda esta situación acabaría.
Tal como Ulises había prometido, habría de liberarlo si cumplía con traer esa
maldita piedra restante. Inmerso en sus pensamientos sintió como acomodaban el
código para abrir la puerta de su habitación, entonces Marco entró y le indicó
-Tú sección ya ha sido asignada y se encuentran preparados; con su cabeza
indicó hacia las afueras; sal- . Miles de veces Leo había salido por esa puerta
ya fuera a sus habituales entrenamientos, a sus actos diplomáticos con otras
colonias y ciudades o a sus misiones otorgadas por Ulises, pero esta vez se
sentía diferente. Casi podía sentir la libertad en el cuerpo lo cual lo hacía
sentir sobreexcitado. Sentía como si no existiera nada que lo pudiera detener
de llevar a cabo sus objetivos ya que él era sin duda el mejor.
Al salir, Marco le hizo un gesto de cariño y puso su mano sobre su
hombro -por fin muchacho, te lo dije todos estos años: tú felicidad futura depende
de ti- Leo lo miró de reojo con su expresión normalmente fría -quítalo, sabes
que...- Marco quitó el brazo y sonrió mirándose los pies -que odias que te
toquen, lo sé, lo sé; no pudo reprimir un suspiro con una expresión
indescifrable; ... mantente sano Leo- y Marco procedió a caminar delante de Leo
llevándolo a la salida.
Al llegar afuera Kimo lo esperaba. Éste era un hombre de treinta y seis años de
edad, diez años mayor que Leo y sin embargo su más leal compañero desde que
éste tuvo doce años. Era a esa edad cuando Leo todavía se comportaba bastante
rebelde con la causa. Su ira no era controlada, y siempre intentaba ir en
contra de lo que se le ordenase o se le enseñase. Cuando Kimo llegó a los
veintidós años, como castigo por su dócil y benévolo carácter le había sido
encomendado someter el mismo a Leo a los castigos y después de haber realizado
tan solo dos no había sido capaz de seguir castigándolo asumiendo todas las
consecuencias que eso conllevaba. Incluso si Leo parecía insensible había
dejado de comportarse fanfarronamente y
había comenzado a admirar a Kimo por sus principios y su fuerza, el hecho de
ser capaz de tomar una decisión y asumir todas las consecuencias, la fuerza con
la que se podía defender y creer en algo. Poco a poco estos comenzaron a acoplarse adaptándose al sistema perspicazmente y después de dos o tres años les fue encomendado realizar peligrosas misiones
e incluso actos de diplomacia, donde demostraron todo el potencial que tenían, logrando mejorar un poco su calidad de vida.
Kimo expuso con una sonrisa dibujada en el rostro -Todo está
preparado-. Los nueve hombres que les acompañaban, desde compañeros de zona
hasta hombres designados personalmente por Ulises vestían de negro y cubrían
sus rostros, todos se encontraban armados con espadas, cuchillos, arcos y
cargaban mochilas en la espalda con utensilios de necesidad básica.
Leo observó lo que durante veintiséis años había sido su hogar o más
bien su cárcel. El lugar en el que llenó su corazón de odio e impotencia. Un
lugar que incluso sin paredes que lo obligaran a quedarse lo había mantenido
preso a causa de una sensación omnipresente de amenaza. Pero al fin había
llegado la oportunidad a sus manos de no volver ahí nunca jamás.
De apariencia el lugar era sereno, una isla con dos caminos hacia
otras islas, llena de cerros y valles con diferentes y extravagantes tipos de
flora y fauna. Donde había aprendido a cazar, a pelear, a sobrevivir, dónde
casi había muerto incontables veces en ataques de los Ceunch, los eternos
opositores de Ulises y su causa. Finalmente destacaba el poderoso fuerte hecho
de un acero grueso y con apariencia de laberinto, dónde se realizaban experimentos
de los más crueles e inventaban cosas que no deberían existir, incluso magia
había visto más de alguna vez.
Centró su vista en sus hombres y dijo a modo de arenga:- "Saben
que esta misión es probablemente la más fácil que tendremos, sin embargo no lo
tomen a la ligera. Después de esta victoriosa labor por fin seremos libres de elegir
los caminos que siempre hayamos querido seguir y conseguir lo que siempre
hayamos querido conseguir; pasó su mirada por todos sus hombres; seremos
vencedores y ganadores"-, y todos los demás clamaron con estrépito.
Entonces prosiguieron a caminar hacia donde el destino los enviaba.
Mientras estas personas se perdían a través de los bosques, islas, mares
y tiempos, en la inmersa civilización llena de tecnologías y normas vivía Siara
una mujer de 20 años que trabajaba para cuidar a su madre y a su prima. Su
apariencia si bien no era una modelo de aquellas era bastante bella, al menos
lo suficiente para tener muchos pretendientes. Su pelo era liso de largo hasta
el busto y de un negro azabache que era difícil de comparar, su test no era ni
morena ni blanca más bien de una mezcla que la hacía ver cálida, su boca era
bien delineada y del grosor correcto, sus ojos almendrados de color café
cubiertos por unas pestañas muy largas y espesas, y su figura, aunque ella no
estaba conforme era lo suficientemente encantadora.
Su trabajo era bastante infantil, disfrazada de hamburguesa le
hacía propaganda a un restorán de comida rápida. Aunque aquel trabajo parecía
ridículo ante todos, para ella era muy divertido y novedoso y lograba distraerla
del mundo problemático en el que vivía.
Como hacía habitualmente, una vez terminada su jornada laboral corrió
a cambiarse a los camerinos para poder alcanzar a cenar con su familia. Mateo
la esperaba en el pasillo nuevamente. Siara estaba realmente aburrida de esa
situación ¿cómo le podía hacer entender que lo de ellos ya había acabado? Habían
tenido una relación de un año pero como siempre Siara no se sintió a gusto.
Aunque a veces sentía que necesitaba decir a gritos te amo, de una manera tan
intensa que le afloraba por la piel, sabía que no era cualquier alguien. Creía
ferviente y tontamente que tenía un destino, y sentía terror de no poder
encontrarlo jamás. Mateo la detuvo con sus posesivas palabras -Siara por favor hablemos,
tengo que hacerte entender cuanto te amo- Siara decidió seguir su camino como
si no hubiera escuchado, esa situación la sobrepasaba y se sentía muy acosada.
Mateo alterado la tomó de un brazo -escucha ¿porqué no entiendes, eres
tonta?- Siara lo miró enojada -Basta, porqué no entiendes tú, ya deja de
molestarme o si no tendremos que entendernos por otros medios- Mateo estaba
indignado al punto que sin fijarse comenzó a apretarle el brazo con mucha
fuerza -¿Me estás amenazando?- Siara intentó zafarse y justo en ese momento Joel,
su jefe interfirió –Basta; le sujetó la mano con fuerza a Mateo y la sacó del
brazo de Siara; sal de mi restorán y nos vuelvas más a este sitio si no quieres
dormir en la comisaria- Mateo sintió miedo y vergüenza y lanzando a Siara una
mirada resentida se fue.
Una vez que se hubo cambiado de ropa, Joel se ofreció a acompañarla
hasta el lugar donde ella tomaba el autobús ya que estaba preocupado de que
Mateo pudiera volver a aparecer. Mientras caminaban hacia el paradero se
detuvieron a mirar un espectáculo en la plaza central que les había llamado la
atención. Siara disimuladamente miraba entre el espectáculo y a su jefe al
igual que una niña pequeña se deleita en una tienda de dulces.
No era una
novedad que su jefe fuera encantador, incluso se había permitido tener sueños
de lo más extravagantes con él, sin embargo como siempre, por falta de motivación
se rindió antes de comenzar, a pesar de que él evidentemente estaba interesado.
Siara prefería deleitarse solo con esa clase de momentos que dejaban un sabor
dulce en la boca y una inocente sensación de ternura. Inmersa en sus
pensamientos no notó cuando el bailarín del espectáculo se le acercó para
invitarla a participar. Joel pareció entretenido, la cara de Siara realmente
brillaba cuando se sentía feliz o sorprendida y como siempre, tal y cual su
carácter lo dictaba fue a bailar. La gente que admiraba el show comenzó a reír
ya que Siara incluso si se movía bien era bastante deficiente con las
coreografías o dejándose llevar por su pareja. Al terminar la pieza muy complacida
volvió al lado de Joel y éstos siguieron su camino entre conversaciones y
risas.
Al despedirse expresó su gratitud a Joel de que se hubiera dado el
tiempo de escoltarla hasta ahí y se subió al autobús para llevarle a su madre y
a su prima Ami los dulces que tanto les gustaban después de la cena.
Ami estaba en el dormitorio del segundo piso terminando el informe
que debía entregar al otro día. Miraba reiteradamente la hora ya que estaba muy
preocupada de que fueran las 20:30 y Siara no llegara. Si bien Ami era dos
años mayor que su prima, ambas se llevaban muy bien. Ami siempre había estado
muy agradecida de la bondad y el apoyo de Siara. Cuando Siara salió del liceo
había decidido trabajar para costear la carrera de Ami, considerando que Ami no había podido entrar a estudiar a la edad adecuada con el fin de
tener más ingresos y poder mantener mejor a su familia. Siara para convencer a
su prima había puesto como condición que a penas Ami comenzara a ejercer le
ayudara a pagar su propia carrera, y después de eso había comenzado a lidiar con
la mayoría de los gastos ya que incluso la pensión de la madre no aportaba
mucho, pero incluso así las tres eran muy felices.
Mientras Ami imprimía su trabajo, su tía Javiera estaba calentando
abajo la comida de ambas, por lo visto Siara tendría que comer después sola como castigo por llegar atrasada. En ese aspecto las tres eran muy
estrictas, y por supuesto también lavaría todos los platos. Ami escuchó un ruido muy fuerte en el piso de abajo, que la sobresaltó, rápidamente subieron la
escalera. Todo sucedía tan repentino que Ami no alcanzó a reaccionar, y a la habitación entraron tres tipos vestidos totalmente de negro que cubrían
sus rostros. Ami sintió tanto miedo que solo se quedó ahí parada con el corazón latiendo tan rápido como podía. No sabía si callar o hablar, si correr, intentar atacar o simplemente quedarse quieta ¿qué le harían esas personas? Uno
de los hombres caminó hacia ella y la sentó en la silla de un empujón, mientras
que el otro sacaba de su mochila una cuerda para proceder a amarrarla -¿Quienes
son ustedes? ¿Qué quieren?- Ami comenzó a hablar histérica y a decir cosas
sin sentido nublada por el miedo de que
aquellos bastardos no se detuvieran. Violentamente por la puerta entró la madre
de Siara empujada casi a rastras por otros dos hombres que la lanzaron
prepotentemente junto a Ami. Ambas estaban muy asustadas y temían por su vida.
La casa se encontraba completamente oscura y en la habitación el aire era tenso
y aterrador, por primera vez en todos sus años de vida se veían sometidas a
algo como esto.
Ami transpiraba de los nervios y comenzó a rezar rogando que su prima
no llegara esa noche. En la puerta se detuvo un hombre alto, de pelo castaño,
rasgos endurecidos y unos ojos fríos y grises como el color de las rocas.
Inspiraba mucho miedo ya que parecía vacío. Las observó durante un instante y
comentó ante todos que ellas no eran la que buscaban. Ami pensó lo peor:
buscaban a Siara -Yo; comenzó a decir dubitativa; vivo sola con mi madre. De
seguro que se han equivocado, no es aquí donde se encuentra la persona que
están buscando; su voz se quebró; esto debe ser sin duda un error- bajó la
cabeza y cerró los ojos dejando caer unas nerviosas lágrimas y deseando que
todo aquello no fuera más que una pesadilla. Leo se acercó a ella y le sujetó
el mentón –Tú ¿eres Siara?- Ami lo miró sorprendida y trató de revertir la
expresión de asombro que sin duda la había delatado -¿Cómo sabes mi nombre?-
Leo no pudo contener una sonrisa irónica y bruscamente soltó su mentón, por
supuesto que ella no era, incluso Siara no sería tan bonita. En sus fotos se
veía con una belleza bastante vulgar, nada fuera de lo común como Ami. Finalmente
ordenó a sus hombres solo sentarse y esperar. La mente de Ami estaba nublada
ya no sentía miedo por sí misma sino por su prima y de seguro tía Javiera compartía
los mismos desgarradores pensamientos.
Siara iba caminando a pocas cuadras de su casa. Pensaba que hoy le
tocaría lavar todos los platos y además de vez en cuando se distraía pensando
en su jefe. Como siempre su mente vagaba pensando pequeñeces en vez de
centrarse en cosas complicadas.
Al llegar fuera de su casa comenzó a buscar las llaves dentro de su
bolso lo cual le pareció muy difícil con la cantidad de cosas que llevaba
dentro, y cuando lo hubo logrado se dispuso a abrir la puerta diciéndose a ella
misma que botaría todas las baratijas que llevaba dentro de la cartera para
comprarse hermosos cachivaches, cosa que por supuesto era una dulce mentira.
Mientras introducía la llave en la cerradura, le llamó la atención que estuviese todo en la casa
apagado ya que eran recién las 21:30, no era tan tarde como para que ni siquiera
la esperaran para conversar. Con bastante desconfianza y curiosidad abrió la
puerta y todavía se preocupó más: las llaves estaban en la mesa de siempre, por
lo que nadie había salido y sin duda su madre no hubiera dejado las ventanas
abiertas antes de dormir o salir. Se detuvo un momento en la entrada con el
corazón apesadumbrado y realizó una llamada para dejar constancia en la
comisaria de que su casa lucía extraña y caso podían ir por allí a darse una
vuelta de rutina. Para ellas eso era natural ya que aún después de cuatro años de que
su padrastro se fuera, él las seguía acosando. Una vez que terminó la llamada
cerró la puerta tras ella y dijo: -Mamá, Ami, llegué-
En el segundo piso, más exactamente en el dormitorio de Ami se oyó un
ruido estruendoso y Siara olvidó toda clase de pensamientos. Preocupada subió
corriendo con terror de encontrarse ante una situación horrorosa.
Mientras tanto Ami y Javiera se retorcían de impotencia por saber que
ella acudiría en respuesta al sonido. Al abrir la puerta de
golpe, un tipo grande, robusto y muy fuerte la cubrió con una capucha por lo que
no alcanzó a ver lo que sucedía. Kimo se sintió en las nubes porque su misión
estaba funcionando de maravilla al igual que Leo que se dio el lujo de mirar
fijamente a Ami y burlarse -Más bien creo que era ella la que yo buscaba-.
Siara se retorcía bajo la capucha y al escuchar esas palabras sintió un frío
recorrerle el cuerpo, temiendo lo peor –Déjenlas idiotas, no les hagan nada,
viene en camino la ley- a Kimo se le hacía bastante difícil sostenerla con esa
escandalosa pataleta - no van a salir ilesos-, los hombres estaban observando
sin saber cómo reaccionar ya que no recibían ordenes y a algunas cuadras
divisaron acercándose una patrulla, -vienen en camino señor, a unas cuatro
cuadras- Siara se seguía retorciendo. Leo se sintió molesto a causa del ingenio
de esa mujer y de su fastidioso escándalo así que caminó hacia ella y con su mano le golpeó el
cuello dejándola instantáneamente inconsciente, -así será mucho más fácil
llevárnosla- Uno de sus hombres preguntó diligentemente que hacían con las
otras dos y Leo ante eso respondió benévolamente que no se les hiciera nada,
que les sacaran las vendas de la boca y que las dejaran amarradas. Después de
todo pronto los policías las desatarían y para ese momento ellos iban a estar
fuera de su alcance.
Dos de sus hombres se encontraban en la ventana observando la
situación y afirmaron con la cabeza anunciando que ese momento era adecuado
para salir. Ami y Javiera gritaban de desesperación deseando que alguien
las oyera y pusiera fin a esa pesadilla, ante sus ojos estaban raptando a su
pequeña y alegre Siara, y ellas no podían hacer nada para salvarla. Antes de
que Leo saltara por la ventana Javiera le advirtió en un tono muy grave y
pesaroso: -usted sin duda pagará por esto- Leo se sonrió burlesco y se sintió
enfadado pero se limitó a saltar. Kimo siguió cargando a Siara y después de
saltar por algunos techos y correr ágilmente por algunas calles llegaron a la
ubicación dónde cada ciertos ciclos se abría un hilo de tiempo en el espacio llevándote a otros mundos paralelos entre sí. Y perdiéndose lejos de toda aquella civilización cayeron nuevamente en las
islas de Morrow.
Al caer sintieron la arena húmeda en sus ropas y notaron que se encontraban en la orilla de la playa, por lo que tuvieron que caminar
algunos metros para quedar más próximos a la selva en la que se adentrarían
después de descansar esa noche.
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