jueves, 31 de diciembre de 2015

CAPÍTULO 2


Una vez hubieron hecho un pequeño campamento lejos de la orilla del mar, seis hombres se dispusieron a descansar, mientras dos debían hacer guardia. Sería un turno rotatorio, así que pronto otros dos tendrían que suspender su descanso para relevarlos.

Siara comenzó a recobrar el sentido, se sentía aturdida y un poco mareada. Continuaba cubierta por la capucha pero ahora la llevaba bien acomodada. Se sintió asustada y vacía, estaba desorientada, recordó lo sucedido y en seguida adoptó una posición de celo, casi automáticamente empezó a sentir un dolor en la cabeza y sintió delicado su cuello, -Idiota- pensó, al recordar que alguien la había golpeado y luego de eso había caído inconsciente. Entonces sintió una angustia tremenda, no sabía que había ocurrido con su madre y su prima ¿estarían bien? Empezó a sentir una desesperación sofocante, trató de indagar en sus recuerdos de aquella noche, sobre el cómo habían sucedido las cosas, no entendía qué podría haberla llevado hasta esa situación. 

Uno de los hombres comenzó a acercarse hacia ella para comprobar su estado, rápidamente Siara volvió a cerrar los ojos para hacerse la dormida. El hombre la observó durante un breve momento y siguió su camino. Al instante Siara volvió a abrir los ojos para poder analizar su situación, lo primero que haría sería huir, pero ¿dónde estaba? ¿Qué tan lejos de su hogar?, bueno eso sería algo que pensaría una vez que estuviera fuera del alcance de sus raptores.

Había seis hombres durmiendo, otro que acababa de pasar cerca de ella y que se encaminaba hacia uno de los extremos de la orilla, ¿había arena de playa y en frente de ella un bosque?, la tomó por sorpresa. Por último había otro hombre, y éste caminaba por los alrededores más próximos de la selva. Parecía que la intención no era cuidar que ella escapara sino algo más, pensó, puesto que si no, los guardias estarían junto a ella. Al hacer un rápido análisis y sin pensarlo demasiado se dispuso a correr.

Al principio ninguno de los hombres notó su movimiento, así que manteniéndose lo más sigilosa posible aumentó la velocidad. Al estar lo suficientemente alejada de todos y llegando al fin al borde que custodiaba el hombre más cercano a la selva, este la notó. Mientras corría hacia ella avisó a su compañero, -¡Izan, atento!- Izan rápidamente miró hacia su compañero, y sorprendido miró hacia el puesto donde recién había dejado a Siara. Con un sentimiento de impotencia comenzó a correr hacia ella también.

Ya solo quedaba un paso para que Siara quedara oculta en la selva. A causa del miedo y la ansiedad le era muy difícil respirar, casi podía sentir que el corazón le explotaría de los nervios en cualquier momento, sin embargo no perdía de vista su horizonte. Antes de alcanzar a reaccionar se encontró frente a frente con un hombre, chocando inevitablemente.
Este cargaba leña en sus brazos y todos los leños cayeron al suelo.

Inclusive con el choque, Siara quiso seguir adelante pero producto de la velocidad con que corría y el repentino golpe tropezó unos cuantos pasos más allá. Sus manos ardían como consecuencia de haberse afirmado sobre ellas para no desestabilizarse por completo, se levantó rápidamente e intentó seguir corriendo pero sintió que la retenían de un brazo. La inundó una loca pesadumbre, que creció más al oír como los otros dos se aproximaban a ellos, unos segundos y estaría perdida. Segura de lo que haría cerró los ojos para armarse de valor, y se giró hacia el individuo que la sujetaba golpeándolo en el estómago con su pie. Leo fue tomado por sorpresa y no alcanzó a reaccionar, sin duda no esperaba un ataque directo de una muchacha, más bien pensaba verla implorando por su vida. Sintió un desasosiego y una irritación tremenda. 
Pronto Izan y Saúl llegaron a su lado, -mi señor, la muchacha, de repente estaba ahí quieta, y de repente, fue tan rápido que...- Izan no sabía con que palabras justificar ese incidente, mientras Leo aún se sostenía el estómago de dolor y miraba hacia donde ella había corrido, pensó -Así que a esto se referían con que tuviera cuidado con ella-, no podía otra vez subestimarla, incluso si no era tan ágil, forzuda o inteligente como ellos. Intentó apaciguar a sus hombres y les ordenó mantenerse unidos mientras esperaban el amanecer para que comenzaran a encaminarse hacia donde descansan los Unos. El iría por Siara y los alcanzaría donde les había indicado, después de todo nadie mejor que él se manejaba por aquella selva.

Siara corría a toda velocidad, sentía tanto miedo de que aún fueran tras ella que no se detuvo en ningún momento a reparar sobre el lugar en el que se estaba sumergiendo. Cuando creyó que estaba a salvo se detuvo en uno de los árboles para recuperar el aliento, realmente quería pensar que allí, camuflada entre las sombras y la noche no la encontrarían. Se sentó y comenzó a llorar afirmando sus brazos en sus rodillas y refugiando su cara en ellos, ¿qué clase de situación era esta? ¿Cómo estaría su familia, volvería a verlas algún día? ¿Moriría? ¿Podría salir de ese lugar?, entonces levantó la cabeza para hacer desaparecer ese torbellino de ideas, e igual que una niña pequeña sintió miedo de la oscuridad y las sombras en las que se ocultaba. Miró sus manos y lo rasmilladas que estaban y se miró a si misma pensando que al menos había sido una gran idea que le pusieran una capucha, ésta realmente la abrigaba.

Leo recorría el camino principal de la selva, apostaba que esa mocosa con el miedo no había tanteado la idea siquiera de porqué el camino era tan fácil, y considerando el lugar donde vivía en comparación con este, tampoco se hubiera atrevido a introducirse en los espesores de la selva. Aún así sentía incertidumbre, incluso en el camino principal era muy común encontrarse con animales salvajes. Otra vez sintió exasperación por esa atolondrada mujer, si algo le ocurría a ella, él tendría que morir en las manos del hombre a quien más odiaba en la tierra. Con todos sus sentidos alerta solo siguió caminando, sabía que en algún momento daría con ella.

Siara miraba para todas las direcciones, sentía como si la observaran pero no podía estar segura de si era producto de su imaginación o si era real. No quería mover un pie ya que no sabía hacia donde seguir, entonces un ruido  espeluznante la quitó de su ensimismamiento, eso, sin lugar a dudas era real. Un animal, y no uno pequeño sino uno enorme, saltó desde un arbusto ubicado en el lado derecho del camino, una bestia, algo muy parecido a un cocodrilo pero tres veces más grande, tenía ojos rojos y brillantes, y su piel era de color plomo y áspera, muy fácil de camuflar con una roca. Siara gritó desaforadamente, y sin darse cuenta, como si estuviera fuera de si ya estaba corriendo en dirección hacia el otro extremo de la selva con el animal tras sus talones.

Siara intentaba escabullirse atravesando lugares pequeños. Pensaba que de esta forma el animal disminuiría su velocidad al intentar hacerse espacio o evitar los obstáculos, sin embargo el animal no perdía su ritmo y avanzaba muy rápido, evidentemente la tenía como presa fácil, solo necesitaba acorralarla para así golpearla y empezar a comérsela. 

En seco Siara se detuvo sin dar crédito a lo que veía, se vio bloqueada por una tremenda roca que daba lugar a unas altas montañas, y unos cuantos cadáveres compartían el mismo triste e inevitable final. El animal la alcanzó, parecía satisfecho con el resultado de su caza. Se giró aterrada. Mirándolo de frente incluso parecía más horrible, y Siara se resignó a la idea de que esa noche moriría, cerró los ojos y se pegó fuertemente a la roca para no caer producto del fuerte flaqueo de sus piernas.

Leo oyó el terrible grito de Siara, pudo reconocerlo enseguida, puesto que ninguna persona en la selva habría hecho tremendo alboroto sabiendo el peligro que eso podía conllevar. Pensó lo peor y pedía por favor que esa mujer pudiera sobrevivir unos cuantos minutos, sino sin duda la traería de vuelta a la vida para matarla el mismo. Corrió en dirección a los gritos y después de eso fue muy fácil seguirle los pasos ya que no era para nada cautelosa. Cuando divisó el Jumet que la perseguía se puso a la defensiva y comenzó a efectuar movimientos más cautelosos para así pasar desapercibido por el animal y poder cazarlo sin mayor ajetreo. Solo veía una menuda sombra corriendo delante del animal, y él parecía una pequeña sombra corriendo en paralelo al animal. Rápidamente llegaron a la gran e impetuosa cadena de Montañas Minias dónde se bloqueaba el camino de la selva. Leo se ocultó tras un gran árbol similar a un sauce pero con un tronco muy grueso y el cual sus ramas de color naranjo conformaban sus hojas, muy similares a lianas. Desde ahí podía observar toda la situación. Cuando ambos, ella y el animal, estuvieron quietos, Leo calculó el movimiento del animal arrojándose hacia Siara y una vez que el animal saltó sobre ella fue animal muerto, la flecha atravesó su nuca.

Siara no entendía porque no había muerto, ¿o ya estaba muerta?, miró con cautela al animal y lo vio tendido en el suelo, soltó un suspiro de alivio mientras que  sentía todo su cuerpo como anestesiado de lo débil que la había hecho sentir el miedo, entonces miró hacia los alrededores sospechando que alguien la había seguido y pensando que podía ser uno de sus raptores echó a correr. Se devolvió recto por el camino con el fin de encontrar otra ruta donde las montañas ya no bloquearan su paso, o le abrieran camino.

Leo llegó al lugar donde estaba el animal y notó que Siara ya no estaba, ¿es que acaso después de eso, ella seguiría huyendo?. Solo podía haber seguido un camino después de esto, por lógica se devolvería hasta encontrar un camino posible.

Cuando por fin llegó al lugar que buscaba, miró hacia la cima y decidió que subir sería probablemente la mejor idea, así desde arriba podría divisar que tan lejos se encontraba de su hogar, o quizá tendría una noción más exacta de en donde estaba. Comenzó a subir por algo muy similar a un sendero, lo que rápidamente la hizo cambiar de parecer, -demasiado obvio- pensó, y se detuvo. Si alguien la seguía ¿no sería muy fácil encontrarla por ahí?, sin embargo introducirse en los alrededores del camino significaba pensar en todo tipo de bestias que podían andar sueltas, tenía que tomar una decisión rápida, y decidió: antes de volver a caer en los brazos de sus raptores, prefería intentarlo.

La hierba del camino estaba húmeda, fresca, y había toda clase de árboles pequeños y enormes, de colores, con formas, rodeando el sector, algo muy poco convencional en su ciudad. Se preguntó que parte del mundo era esta, jamás había visto nada como esto, ni siquiera en la televisión. Con la luz de la luna alumbrando el temor se fue, pronto todo se tornó hermoso y rápidamente recuperó la calma, resolvió que mientras no oyera el fuerte sonido de un animal o los pasos de alguien, caminaría disfrutando de la hermosura que ofrecía el lugar. Un hermoso ejemplar de un animalito llamó su atención, delicado como un ciervo pero rosa, sus ojos eran casi una línea y desprendía una luz, muy semejante a la que irradian las luciérnagas. Parecía ir en la misma dirección que ella así que hipnotizada por su belleza comenzó a seguirlo muy divertida, incluso el animal irradiaba un aura de pureza que la conmovió, de seguro donde iba ese animalito era un lugar seguro.

Mientras subía, Siara se retaba por no haber hecho ningún ejercicio en sus días matutinos, ahora sin duda se lo hubiese agradecido a ella misma, en especial cuando el camino se volvía mas empinado. Mientras discutía con sí misma y ensimismada en sus pensamientos como siempre, no notó las sombras que pasaron a unos cuantos metros de ella hasta que sintió como una flecha pasaba por sus narices dando con el pobre animalito. Abrió unos ojos enormes producto de la sorpresa y cubrió su boca para reprimir un grito, quedando conmocionada. Rápidamente se ocultó tras unos arbustos ¿la habrían visto?, realmente era casi imposible que no la hubieran percibido. Vio pasar a tres hombres semi vestidos y con los cuerpos pintados. Parecían guerreros y hablaban un idioma que ella no entendía, pensando lo peor Siara retuvo hasta la respiración de miedo, y ellos siguieron su camino. ¿Qué era esto? ¿Qué tan lejos estaba de su hogar?, ¿qué era este nivel de falta de civilización? La curiosidad pudo más que el miedo y Siara cuidadosamente los siguió, sabía que quizá eso la llevaría directo al inframundo pero era una oportunidad que debía aprovechar, tal vez podrían ayudarla a volver.

Después de mucho caminar llegó casi a la cima de uno de los picos de la montaña y oculta por unos árboles observó con ansiedad y miedo un campamento donde se divisaban muchas personas vestidos igual que los hombres que habían capturado al "ciervo", como lo había denotado ella. Estos danzaban alrededor de una hoguera y su música era tan intimidante como hipnotizante. Siara sintió escalofríos los cuales lentamente recorrieron todo su cuerpo. Si en algún momento había tenido alguna intención de acercarse a conversar con algún líder, ahora ese pensamiento estaba totalmente descartado.

Los hombres pusieron al ciervo sobre una roca decorada rústicamente. Siara no quería creer lo que le harían al pobre e inocente animal y la tomó por sorpresa ver cómo sin siquiera detenerse a pensar mataban al ciervo y reunían toda la sangre para que después una joven mujer vestida de rojo la bebiera. Sintió deseos de vomitar al presenciar la escena y comenzó a tener arcadas. No sabía cómo reaccionar, su corazón estaba agitado y su cuerpo frío, todo esto era demasiado fuerte e irreal. Pero lo peor sucedió cuando un hombre se pintó la cara con sangre restante del ciervo y en sus manos tomó un enorme sable disponiéndose entre danzas y clamores a matar a la mujer, quien se recostó sobre la mesa de roca a propia disposición. Cuando el hombre estuvo listo para desempeñar su papel y dejó caer el sable, Siara no pudo soportarlo más, no estaba preparada para ver morir a una persona y por impulso soltó un grito -¡no!-, el sable se detuvo a medio camino y todos se le quedaron viendo inmóviles. Siara se cubrió la boca con una expresión de terror y culpabilidad. Un hombre sentado frente a la mesa de roca rugió –Aní- al decir esas palabras tres hombres corrieron ferozmente en su dirección, mientras que Siara quedó petrificada.

Leo llevaba un buen tiempo siguiendo a Siara, esta era tan despistada que ni siquiera lo había notado. No quería atacarla porque sin duda provocaría un enfrentamiento, él prefería esperar a que ella inteligentemente decidiera darse por vencida y buscar un lugar para dormir, pero esa mujer era incansable.
Cada uno de sus pasos le pareció extraño, una persona muy diferente de ellos. Disfrazado entre las sombras escuchó cada minúsculo reclamo de ella hacia el lugar, hacia ella misma, hacia su suerte, hacia el mundo, y notó lo voluble que esta era cada vez que reía luego de cada queja. Cuando vio aparecer a los Unach dudó si entrometerse pero si aparecía de la nada provocaría un caos, sin contar que Siara volvería a huir o podía salir herida, y ellos apenas habían notado la presencia imprudente de ella, algo que sin duda no hubiera ocurrido sin la ayuda del Nefí. Ese pequeño animal capaz de desprender un aura tan grande y llamativa que con facilidad bloqueaba la percepción de otros para con el entorno. Un animal ocupado muy comúnmente como método de ataque en los espesores de la selva. Muchos lo buscaban para cazarlos con intenciones de guerra y otros los sacrificaban pensando que de esa manera sus pueblos estarían protegidos de otros guerreros. Leo se sintió tremendamente molesto una vez que ella había decidido seguir a los Unach, y menos entendía como una persona después de ver actos tan atroces como los que presenciaba podía gritar en vez de huir, ¿qué clase de sentido común tendría ella? Los Unach no serían compasivos. Incontables veces había soñado con verla morir pero esta no sería la mejor ocasión.

Ágilmente corrió la corta distancia que lo separaba de ella y la tomó de un brazo jalándola con decisión para que ella lo siguiera. Ella cerró los ojos dispuesta a todo, presa del miedo y la resignación. Corrieron a penas unos pocos pasos hacia el extremo opuesto desde dónde venían los tres Unach, en dirección a la cima y con fuerza producto de la velocidad acercó a Siara hacia sí refugiándola entre sus brazos para ejecutar una maniobra de giro corto quedando ocultos detrás de un árbol al mismo instante en que los Unach alcanzaron el lugar donde había estado Siara.

Él la abrazaba y la retenía lo más junto a él que pudiera, haciendo presión en su hombro para que no se alejara. La miraba directo a los ojos a modo de advertencia mientras le cubría la boca con su mano libre. Se asomó para estudiar la situación y notó que los Unach parecían desconcertados y rabiosos de haber sido burlados, ya que buscaban diligentemente. Eso lo frustró, tenía la esperanza de que simplemente dejaran pasar el hecho. Volvió a centrar su vista en Siara quién expectante no le quitaba los ojos de encima. Por un instante el mundo se detuvo. Leo tenía frente a frente a la persona culpable de su miserable vida, la persona que lejos odiaba más en el mundo, y sin embargo ella lucía aterrada y débil. Sus ojos eran transparentes como el agua al mismo tiempo que  mostraban picardía, dos atributos que nunca había contemplado juntos.
Siara se preguntaba que habría debajo de ese pañuelo que cubría el rostro de su raptor. Ante ella solo podía ver unos ojos duros, tristes y preocupados, lo que la hizo sentir compasiva, a pesar de intimidada.

Uno de los salvajes se acercaba mucho a ellos, posiblemente con esa luna unos cuantos pasos más y serían descubiertos. Leo rápidamente quitó su brazo de los hombros de Siara y sujetó un lado de sus caderas para empujarla hacia el árbol sin dejar de cubrirle la boca y quedando tan cerca como pudiese para poder llegar a formar solo una sombra con aquel árbol.
Se sintió muy incómodo en aquella situación, la mano parecía arderle y por un leve momento no fue capaz de mirarla a los ojos. Siara temblaba de nervios, sentir la presencia de este hombre cubierto hasta el rostro le producía incomodidad, y sin embargo era en el único que podía refugiarse.

La oscuridad estaba de su parte, pero no por mucho tiempo ya que el sol acudiría en unas dos horas como máximo. Se escuchó a lo lejos la voz del jefe Unach y tras evidentemente haber dado una orden los tres hombres comenzaron a blandir sus hachas sin dirección alguna con la intención de dar con alguien.

Uno de los hombres se encontraba lo suficientemente cerca de ambos, perturbando en demasía a Leo ya que lo obligaba a tomar una decisión y esa decisión no podía ser errónea. Siara al notar lo cerca que estaba el salvaje de ellos sintió mucho miedo y buscando refugio y serenidad bajó la cabeza apoyándola sobre el pecho de Leo, mientras se sujetaba con fuerza de su ropa. Leo quedó desconcertado y bajó la cabeza para ver con sus propios ojos si eso era real, luego impotente levantó la mirada dejándola fija en el árbol. La sensación le desagradaba mucho, pero no podía hacer que ella le temiese justo ahora.

Un fuerte e inesperado dolor lo sacó de su ensimismamiento. El salvaje le había dado con el hacha en el brazo rasgando sus ropas y dejando en él un corte menor. Siara levantó la cabeza rápidamente, sus ojos evidentemente mostraban preocupación. Leo intentó traspasar con su mirada a Siara sus pensamientos, esperando que pudiera captar y seguir obedientemente sus propósitos.

Sujetó con fuerza una de las manos de Siara quitándola de su ropa y se decidió a correr, tomando como elección la única opción que se encontraba más despejada. Con la mano que le había cubierto la boca a Siara sacó su cuchillo que mantenía oculto a la altura del cinturón, y dio un paso hacia atrás saliendo del refugio que le otorgaba el árbol y apareciendo de entre las sombras, tomando totalmente desprevenido al guerrero. Este no alcanzó a emitir ni un leve quejido antes de ser rápida e inescrupulosamente degollado. Siara quedó anonadada y contuvo el aliento, entonces Leo echó a correr con Siara a los talones.

Los otros dos Unach solo se percataron de los ocurrido al escuchar las respiraciones agitadas de estos corriendo y emitieron un sonido gutural. Como respuesta al rugido de los Unach, cinco arqueros que esperaban, estaban preparados y ansiosos por soltar sus flechas. Leo hizo un análisis rápido de la situación. Como siempre estaba presto para tomar decisiones espontáneas. Al llegar a la cima se detuvo de imprevisto y se giró hacia Siara, lo que desestabilizó un poco los pasos de ella, entonces la jaló con fuerza hacia si para cubrirla en un abrazo y saltó con la intención de tomar ventaja con la altura, y rodaron cerro abajo. Cuando los Unach alcanzaron la cima desde donde se habían arrojado vieron que al final del camino estaba el lago Maniaco lo que iluminó sus malignas caras pensando en el fin de sus adversarios. Así triunfantes y con clamores de victoria volvieron a su campamento.

Mientras rodaban cerro abajo Leo permanecía con la cabeza gacha sobre la cabeza de Siara y la protegía de tal forma que su cuerpo hiciera el peso fuerte en el cuál se apoyaban, sabía que inevitablemente ambos quedarían muy magullados pero al menos habían escapado de los Unach.

Al llegar al final del camino quedaron levitando a una altura de un metro por unos insignificantes segundos, zambulléndose en el agua. Por reflejo ambos se soltaron para poder subir a la superficie, realmente los había tomado desprevenidos. Con el fin de huir había olvidado completamente la presencia del lago.

Mientras intentaban subir a la superficie, las enredaderas del famoso lago comenzaron a hacer lo suyo, y de una forma muy ágil y sigilosa los ataban. Siara no podía dar crédito de lo que estaba sucediendo, sus pies los tenía atados y era jalada hacia al fondo. Asegurándose de aguantar la respiración se enroscó para intentar soltar las cuerdas que le amarraban los pies, sin embargo comenzó a ver más cosas que se acercaban a atarla. Con terror recobró la postura intentando con todas sus fuerzas subir pero finalmente se rindió, el cansancio y la resignación pudo más, saber que tendría miedo de lo que podría venir después, de repente ya no quiso seguir luchando y las enredaderas lentamente empezaron a atarla hasta llegar a su tronco.

En paralelo Leo con su cuchillo y una ferviente determinación se mantenía libre de las enredaderas y se hundía para intentar encontrar a Siara, pero las enredaderas cada vez eran más abundantes y la oscuridad le estorbaba mucho en este caso. El hecho de estar a cada segundo cortando las enredaderas que intentaban pegarse a él le acortaba las posibilidades de hacer un rastreo más profundo, entonces tercamente comenzó a nadar a tramo largo directo al fondo apoyándose con otro de sus cuchillos para abrirse camino. Finalmente sintió una barrera, algo parecido a un capullo, sin duda era Siara. Comenzó a cortar cuidadosamente hasta que empezó a sentir su cuerpo. Mientras luchaba por liberarla las enredaderas molestamente lo intentaban enrollar por lo que también tenía que preocuparse de mantenerse limpio de esas cosas, hasta que con mucha destreza  lo logró. Tomó el cuerpo de Siara apegándola a él y con mucho sacrificio intentó alcanzar la superficie. Cuando casi salía del agua una enredadera le amarró con fuerza el talón, se sintió frustrado y con rabia se encorvó preocupándose de no soltar el cuerpo de Siara. Cortó la enredadera, ya casi no le quedaba aire en sus pulmones solo lo propulsaban los deseos de llegar arriba y yendo lo más rápido, rajando todo a su paso logró subir. Nadó hasta llegar a la otra orilla lo cual no fue un gran impedimento ya que la distancia era estrecha, ese lago simplemente era evitado por cautela puesto que una vez sumergidos no era nada fácil librarse de las enredaderas.

Leo y Siara quedaron con el cuerpo a medias entre el agua y la tierra. Leo estaba muy cansado lo que lo ponía un poco débil, sus ropas estaban muy pesadas a causa del agua, y el brazo herido por el hacha le estorbaba mucho. Se sentó en la orilla y arrastrándose hacia afuera comenzó a arrastrar con él a Siara hasta dejarla tendida totalmente en tierra, entonces se giró hacia un costado quedando recostado mirando hacia el cielo, necesitaba recuperar el aliento. Se preocupó ya que no oyó la respiración de Siara, inquieto se hincó junto a ella y se acercó para oír su respiración: estaba detenida y ella lucía muy pálida. Leo se desesperó ¿alcanzaría a hacer algo? muy rápido, impulsado por sentimientos que jamás se había permitido expresar como los nervios y la exasperación le quitó la capucha y el chaleco dejándola solo con la polera de pábilo rosada que llevaba puesta, y comenzó a hacer lo que le habían enseñado en primeros auxilios: presionó sobre el pecho de Siara y luego le hizo respiración boca a boca, repitió el mismo procedimiento unas cuantas veces, hasta que mientras tapaba su nariz y colocaba su boca sobre ella por quinta vez, esta despertó. Agitada como si hubiera vuelto de la muerte comenzó a botar agua y a toser, él la observó aliviado y se sentó a un lado sosteniéndose la frente para poder volver a recuperar la serenidad que lo caracterizaba y que cerca de esta mujer parecía haber desaparecido. Cuando Siara hubo terminado, se volvió a recostar sobre la arena húmeda observando cómo lentamente amanecía, se encontraba muy agotada y su respiración todavía estaba agitada hasta que lentamente volvió a la calma. Ambos mantuvieron el silencio intacto, no querían estropearlo. Ella meditabunda pensando en los sucesos, él aliviado de que la tuviera a salvo. Se percató de que ella sentía frío, y notó por lo demás que lucía esa extraña ropa que no la hacía pasar desapercibida para nada, entonces Leo se levantó y observando el camino le dijo -Vamos, antes que el frío termine por acabar con nosotros-. Siara lo vio a la cara y no pudo ocultar su expresión de asombro al verlo sin la tela que cubría su rostro, como si hubiese echo algo malo. Al caer en cuenta de su expresión bajó la cabeza meditando acerca de cómo ese hombre podía seguir moviéndose después de todo lo ocurrido. Pero obedientemente y con mucho esfuerzo se levantó.

Incluso al notar lo dificultoso que fue para ella levantarse él no la ayudó, además esta vez no podía fiarse por lo que se giró para acercarse a ella. Siara se emocionó pensando que él se ofrecería caballerescamente a llevarla pero se encolerizó cuando cayó en cuenta de que su intención era amarrarle las muñecas.
 Sin ni una pizca de delicadeza Leo le ató sus manos, más bien apropósito las amarró con brusquedad y rabia. Incluso aunque Siara se sentía molesta y se dañara decidió solo por esta vez no protestar, al menos cerca de él iría segura.


El viaje hacia adelante fue seguro y corto. El sol ya había empezado a calentar, por lo que deberían haber caminado unas cinco horas. Y así silenciosamente llegaron al lugar donde obedientemente sus hombres lo esperaban. 

martes, 29 de diciembre de 2015

CAPÍTULO 1


Leo se encontraba recostado sobre su cama. A veces podía sentir como su corazón se agitaba de desesperación y rápidamente se desaceleraba, sobre todo en momentos donde las ansias lo llenaban. Había crecido rodeado por los cuatro muros de esa maldita habitación, siempre tan fría, tan vacía, tan similar a una prisión. Como solía hacer cerró sus manos en puños y mantuvo la respiración intentando lanzar lejos todos esos pensamientos desalentadores que lo abordaban y así poder encontrar calma, la inteligencia emocional era su mundo.

Después de todos esos indeseables años, al fin toda esta situación acabaría. Tal como Ulises había prometido, habría de liberarlo si cumplía con traer esa maldita piedra restante. Inmerso en sus pensamientos sintió como acomodaban el código para abrir la puerta de su habitación, entonces Marco entró y le indicó -Tú sección ya ha sido asignada y se encuentran preparados; con su cabeza indicó hacia las afueras; sal- . Miles de veces Leo había salido por esa puerta ya fuera a sus habituales entrenamientos, a sus actos diplomáticos con otras colonias y ciudades o a sus misiones otorgadas por Ulises, pero esta vez se sentía diferente. Casi podía sentir la libertad en el cuerpo lo cual lo hacía sentir sobreexcitado. Sentía como si no existiera nada que lo pudiera detener de llevar a cabo sus objetivos ya que él era sin duda el mejor.  

Al salir, Marco le hizo un gesto de cariño y puso su mano sobre su hombro -por fin muchacho, te lo dije todos estos años: tú felicidad futura depende de ti- Leo lo miró de reojo con su expresión normalmente fría -quítalo, sabes que...- Marco quitó el brazo y sonrió mirándose los pies -que odias que te toquen, lo sé, lo sé; no pudo reprimir un suspiro con una expresión indescifrable; ... mantente sano Leo- y Marco procedió a caminar delante de Leo llevándolo a la salida.

Al llegar afuera Kimo lo esperaba. Éste era un hombre de treinta y seis años de edad, diez años mayor que Leo y sin embargo su más leal compañero desde que éste tuvo doce años. Era a esa edad cuando Leo todavía se comportaba bastante rebelde con la causa. Su ira no era controlada, y siempre intentaba ir en contra de lo que se le ordenase o se le enseñase. Cuando Kimo llegó a los veintidós años, como castigo por su dócil y benévolo carácter le había sido encomendado someter el mismo a Leo a los castigos y después de haber realizado tan solo dos no había sido capaz de seguir castigándolo asumiendo todas las consecuencias que eso conllevaba. Incluso si Leo parecía insensible había dejado de comportarse fanfarronamente y había comenzado a admirar a Kimo por sus principios y su fuerza, el hecho de ser capaz de tomar una decisión y asumir todas las consecuencias, la fuerza con la que se podía defender y creer en algo. Poco a poco estos comenzaron a acoplarse adaptándose al sistema perspicazmente y después de dos o tres años les fue encomendado realizar peligrosas misiones e incluso actos de diplomacia, donde demostraron todo el potencial que tenían, logrando mejorar un poco su calidad de vida.

Kimo expuso con una sonrisa dibujada en el rostro -Todo está preparado-. Los nueve hombres que les acompañaban, desde compañeros de zona hasta hombres designados personalmente por Ulises vestían de negro y cubrían sus rostros, todos se encontraban armados con espadas, cuchillos, arcos y cargaban mochilas en la espalda con utensilios de necesidad básica.

Leo observó lo que durante veintiséis años había sido su hogar o más bien su cárcel. El lugar en el que llenó su corazón de odio e impotencia. Un lugar que incluso sin paredes que lo obligaran a quedarse lo había mantenido preso a causa de una sensación omnipresente de amenaza. Pero al fin había llegado la oportunidad a sus manos de no volver ahí nunca jamás.

De apariencia el lugar era sereno, una isla con dos caminos hacia otras islas, llena de cerros y valles con diferentes y extravagantes tipos de flora y fauna. Donde había aprendido a cazar, a pelear, a sobrevivir, dónde casi había muerto incontables veces en ataques de los Ceunch, los eternos opositores de Ulises y su causa. Finalmente destacaba el poderoso fuerte hecho de un acero grueso y con apariencia de laberinto, dónde se realizaban experimentos de los más crueles e inventaban cosas que no deberían existir, incluso magia había visto más de alguna vez.

Centró su vista en sus hombres y dijo a modo de arenga:- "Saben que esta misión es probablemente la más fácil que tendremos, sin embargo no lo tomen a la ligera. Después de esta victoriosa labor por fin seremos libres de elegir los caminos que siempre hayamos querido seguir y conseguir lo que siempre hayamos querido conseguir; pasó su mirada por todos sus hombres; seremos vencedores y ganadores"-, y todos los demás clamaron con estrépito. Entonces prosiguieron a caminar hacia donde el destino los enviaba.


Mientras estas personas se perdían a través de los bosques, islas, mares y tiempos, en la inmersa civilización llena de tecnologías y normas vivía Siara una mujer de 20 años que trabajaba para cuidar a su madre y a su prima. Su apariencia si bien no era una modelo de aquellas era bastante bella, al menos lo suficiente para tener muchos pretendientes. Su pelo era liso de largo hasta el busto y de un negro azabache que era difícil de comparar, su test no era ni morena ni blanca más bien de una mezcla que la hacía ver cálida, su boca era bien delineada y del grosor correcto, sus ojos almendrados de color café cubiertos por unas pestañas muy largas y espesas, y su figura, aunque ella no estaba conforme era lo suficientemente encantadora.

Su trabajo era bastante infantil, disfrazada de hamburguesa le hacía propaganda a un restorán de comida rápida. Aunque aquel trabajo parecía ridículo ante todos, para ella era muy divertido y novedoso y lograba distraerla del mundo problemático en el que vivía.

Como hacía habitualmente, una vez terminada su jornada laboral corrió a cambiarse a los camerinos para poder alcanzar a cenar con su familia. Mateo la esperaba en el pasillo nuevamente. Siara estaba realmente aburrida de esa situación ¿cómo le podía hacer entender que lo de ellos ya había acabado? Habían tenido una relación de un año pero como siempre Siara no se sintió a gusto. Aunque a veces sentía que necesitaba decir a gritos te amo, de una manera tan intensa que le afloraba por la piel, sabía que no era cualquier alguien. Creía ferviente y tontamente que tenía un destino, y sentía terror de no poder encontrarlo jamás. Mateo la detuvo con sus posesivas palabras -Siara por favor hablemos, tengo que hacerte entender cuanto te amo- Siara decidió seguir su camino como si no hubiera escuchado, esa situación la sobrepasaba y se sentía muy acosada. Mateo alterado la tomó de un brazo -escucha ¿porqué no entiendes, eres tonta?- Siara lo miró enojada -Basta, porqué no entiendes tú, ya deja de molestarme o si no tendremos que entendernos por otros medios- Mateo estaba indignado al punto que sin fijarse comenzó a apretarle el brazo con mucha fuerza -¿Me estás amenazando?- Siara intentó zafarse y justo en ese momento Joel, su jefe interfirió –Basta; le sujetó la mano con fuerza a Mateo y la sacó del brazo de Siara; sal de mi restorán y nos vuelvas más a este sitio si no quieres dormir en la comisaria- Mateo sintió miedo y vergüenza y lanzando a Siara una mirada resentida se fue.

Una vez que se hubo cambiado de ropa, Joel se ofreció a acompañarla hasta el lugar donde ella tomaba el autobús ya que estaba preocupado de que Mateo pudiera volver a aparecer. Mientras caminaban hacia el paradero se detuvieron a mirar un espectáculo en la plaza central que les había llamado la atención. Siara disimuladamente miraba entre el espectáculo y a su jefe al igual que una niña pequeña se deleita en una tienda de dulces. 

No era una novedad que su jefe fuera encantador, incluso se había permitido tener sueños de lo más extravagantes con él, sin embargo como siempre, por falta de motivación se rindió antes de comenzar, a pesar de que él evidentemente estaba interesado. Siara prefería deleitarse solo con esa clase de momentos que dejaban un sabor dulce en la boca y una inocente sensación de ternura. Inmersa en sus pensamientos no notó cuando el bailarín del espectáculo se le acercó para invitarla a participar. Joel pareció entretenido, la cara de Siara realmente brillaba cuando se sentía feliz o sorprendida y como siempre, tal y cual su carácter lo dictaba fue a bailar. La gente que admiraba el show comenzó a reír ya que Siara incluso si se movía bien era bastante deficiente con las coreografías o dejándose llevar por su pareja. Al terminar la pieza muy complacida volvió al lado de Joel y éstos siguieron su camino entre conversaciones y risas. 

Al despedirse expresó su gratitud a Joel de que se hubiera dado el tiempo de escoltarla hasta ahí y se subió al autobús para llevarle a su madre y a su prima Ami los dulces que tanto les gustaban después de la cena.

Ami estaba en el dormitorio del segundo piso terminando el informe que debía entregar al otro día. Miraba reiteradamente la hora ya que estaba muy preocupada de que fueran las 20:30 y Siara no llegara. Si bien Ami era dos años mayor que su prima, ambas se llevaban muy bien. Ami siempre había estado muy agradecida de la bondad y el apoyo de Siara. Cuando Siara salió del liceo había decidido trabajar para costear la carrera de Ami, considerando que Ami no había podido entrar a estudiar a la edad adecuada con el fin de tener más ingresos y poder mantener mejor a su familia. Siara para convencer a su prima había puesto como condición que a penas Ami comenzara a ejercer le ayudara a pagar su propia carrera, y después de eso había comenzado a lidiar con la mayoría de los gastos ya que incluso la pensión de la madre no aportaba mucho, pero incluso así las tres eran muy felices.

Mientras Ami imprimía su trabajo, su tía Javiera estaba calentando abajo la comida de ambas, por lo visto Siara tendría que comer después sola como castigo por llegar atrasada. En ese aspecto las tres eran muy estrictas, y por supuesto también lavaría todos los platos. Ami escuchó un ruido muy fuerte en el piso de abajo, que la sobresaltó, rápidamente subieron la escalera. Todo sucedía tan repentino que Ami no alcanzó a reaccionar, y a la habitación entraron tres tipos vestidos totalmente de negro que cubrían sus rostros. Ami sintió tanto miedo que solo se quedó ahí parada con el corazón latiendo tan rápido como podía. No sabía si callar o hablar, si correr, intentar atacar o simplemente quedarse quieta ¿qué le harían esas personas? Uno de los hombres caminó hacia ella y la sentó en la silla de un empujón, mientras que el otro sacaba de su mochila una cuerda para proceder a amarrarla -¿Quienes son ustedes? ¿Qué quieren?- Ami comenzó a hablar histérica y a decir cosas sin sentido nublada por el miedo  de que aquellos bastardos no se detuvieran. Violentamente por la puerta entró la madre de Siara empujada casi a rastras por otros dos hombres que la lanzaron prepotentemente junto a Ami. Ambas estaban muy asustadas y temían por su vida. La casa se encontraba completamente oscura y en la habitación el aire era tenso y aterrador, por primera vez en todos sus años de vida se veían sometidas a algo como esto.

Ami transpiraba de los nervios y comenzó a rezar rogando que su prima no llegara esa noche. En la puerta se detuvo un hombre alto, de pelo castaño, rasgos endurecidos y unos ojos fríos y grises como el color de las rocas. Inspiraba mucho miedo ya que parecía vacío. Las observó durante un instante y comentó ante todos que ellas no eran la que buscaban. Ami pensó lo peor: buscaban a Siara -Yo; comenzó a decir dubitativa; vivo sola con mi madre. De seguro que se han equivocado, no es aquí donde se encuentra la persona que están buscando; su voz se quebró; esto debe ser sin duda un error- bajó la cabeza y cerró los ojos dejando caer unas nerviosas lágrimas y deseando que todo aquello no fuera más que una pesadilla. Leo se acercó a ella y le sujetó el mentón –Tú ¿eres Siara?- Ami lo miró sorprendida y trató de revertir la expresión de asombro que sin duda la había delatado -¿Cómo sabes mi nombre?- Leo no pudo contener una sonrisa irónica y bruscamente soltó su mentón, por supuesto que ella no era, incluso Siara no sería tan bonita. En sus fotos se veía con una belleza bastante vulgar, nada fuera de lo común como Ami. Finalmente ordenó a sus hombres solo sentarse y esperar. La mente de Ami estaba nublada ya no sentía miedo por sí misma sino por su prima y de seguro tía Javiera compartía los mismos desgarradores pensamientos.

Siara iba caminando a pocas cuadras de su casa. Pensaba que hoy le tocaría lavar todos los platos y además de vez en cuando se distraía pensando en su jefe. Como siempre su mente vagaba pensando pequeñeces en vez de centrarse en cosas complicadas.

Al llegar fuera de su casa comenzó a buscar las llaves dentro de su bolso lo cual le pareció muy difícil con la cantidad de cosas que llevaba dentro, y cuando lo hubo logrado se dispuso a abrir la puerta diciéndose a ella misma que botaría todas las baratijas que llevaba dentro de la cartera para comprarse hermosos cachivaches, cosa que por supuesto era una dulce mentira. Mientras introducía la llave en la cerradura, le llamó la atención que estuviese todo en la casa apagado ya que eran recién las 21:30, no era tan tarde como para que ni siquiera la esperaran para conversar. Con bastante desconfianza y curiosidad abrió la puerta y todavía se preocupó más: las llaves estaban en la mesa de siempre, por lo que nadie había salido y sin duda su madre no hubiera dejado las ventanas abiertas antes de dormir o salir. Se detuvo un momento en la entrada con el corazón apesadumbrado y realizó una llamada para dejar constancia en la comisaria de que su casa lucía extraña y caso podían ir por allí a darse una vuelta de rutina. Para ellas eso era natural ya que aún después de cuatro años de que su padrastro se fuera, él las seguía acosando. Una vez que terminó la llamada cerró la puerta tras ella y dijo: -Mamá, Ami, llegué-

En el segundo piso, más exactamente en el dormitorio de Ami se oyó un ruido estruendoso y Siara olvidó toda clase de pensamientos. Preocupada subió corriendo con terror de encontrarse ante una situación horrorosa.

Mientras tanto Ami y Javiera se retorcían de impotencia por saber que ella acudiría en respuesta al sonido. Al abrir la puerta de golpe, un tipo grande, robusto y muy fuerte la cubrió con una capucha por lo que no alcanzó a ver lo que sucedía. Kimo se sintió en las nubes porque su misión estaba funcionando de maravilla al igual que Leo que se dio el lujo de mirar fijamente a Ami y burlarse -Más bien creo que era ella la que yo buscaba-. Siara se retorcía bajo la capucha y al escuchar esas palabras sintió un frío recorrerle el cuerpo, temiendo lo peor –Déjenlas idiotas, no les hagan nada, viene en camino la ley- a Kimo se le hacía bastante difícil sostenerla con esa escandalosa pataleta - no van a salir ilesos-, los hombres estaban observando sin saber cómo reaccionar ya que no recibían ordenes y a algunas cuadras divisaron acercándose una patrulla, -vienen en camino señor, a unas cuatro cuadras- Siara se seguía retorciendo. Leo se sintió molesto a causa del ingenio de esa mujer y de su fastidioso escándalo así que  caminó hacia ella y con su mano le golpeó el cuello dejándola instantáneamente inconsciente, -así será mucho más fácil llevárnosla- Uno de sus hombres preguntó diligentemente que hacían con las otras dos y Leo ante eso respondió benévolamente que no se les hiciera nada, que les sacaran las vendas de la boca y que las dejaran amarradas. Después de todo pronto los policías las desatarían y para ese momento ellos iban a estar fuera de su alcance.


Dos de sus hombres se encontraban en la ventana observando la situación y afirmaron con la cabeza anunciando que ese momento era adecuado para salir. Ami y Javiera gritaban de desesperación deseando que alguien las oyera y pusiera fin a esa pesadilla, ante sus ojos estaban raptando a su pequeña y alegre Siara, y ellas no podían hacer nada para salvarla. Antes de que Leo saltara por la ventana Javiera le advirtió en un tono muy grave y pesaroso: -usted sin duda pagará por esto- Leo se sonrió burlesco y se sintió enfadado pero se limitó a saltar. Kimo siguió cargando a Siara y después de saltar por algunos techos y correr ágilmente por algunas calles llegaron a la ubicación dónde cada ciertos ciclos se abría un hilo de tiempo en el espacio llevándote a otros mundos paralelos entre sí. Y perdiéndose lejos de toda aquella civilización cayeron nuevamente en las islas de Morrow. 

Al caer sintieron la arena húmeda en sus ropas y notaron que se encontraban en la orilla de la playa, por lo que tuvieron que caminar algunos metros para quedar más próximos a la selva en la que se adentrarían después de descansar esa noche.