El lugar en el que transitaban se volvía más similar a lo que ella
estaba acostumbrada a ver en su ciudad o en la TV, por lo que escaseaban los
árboles poco comunes y los animales extraños, era más parecido a un bosque
tranquilo con riachuelos.
Saliendo del bosque había un sector eriazo que era generalmente evitado por las personas, ese era el lugar por el que los
hombres de Leo pretendían llegar a Lur.
Este bosque brindaba mucha seguridad para Leo y sus hombres, puesto
que solo habían tres formas de ingresar para esparcirse en su interior, primero: Por el camino cruzando el lago,
segundo: Por el sector eriazo, y tercero: Por las piedras que desprenden
vapores, que es desde donde venían los hombres de Leo. Ya fuera por otro lado la flora o las rocas bloqueaban la entrada.
Kimo fue el primero en divisarlos y soltó un suspiro de alivio. Con
solo una mirada notó que no venían en condiciones de seguir avanzando ya que
parecía como si hubieran sido víctimas de un huracán, lo que lo sorprendió.
Había dado por hecho lo fácil que sería para Leo traerla de vuelta. Llamó a
Xavi y a Eder para ordenarles que armaran un pequeño campamento.
Al llegar frente a sus hombres Leo tiró fuerte de la cuerda acercando
a Siara y haciéndola caer justo a su lado, su rostro no mostraba ningún
tipo de expresión: -Izán, prepara un refugio solo para la señorita y préstale
alguna ropa antes que se resfríe-.
Siara realmente se sintió humillada cuando cayó en frente de todos
aquellos hombres, no solo por que se notaba lo débil que era, sino porque
además volvía por propia disposición hacia las personas de las que antes había
huido. Por lo que todo el tiempo que tardaron en armar su pequeño refugio ella
no se levantó y mantuvo baja la cabeza.
Una vez estuvo todo preparado los hombres cercanos a ella cortésmente
le pidieron que entrara a su tienda. Siara quedó sorprendida, habían hecho maravillas con unos palos y unas enormes hojas. La hacía dudar tanta diligencia sintiéndose muy confundida. Una vez que se encontró sola dentro de su refugio y una manta
tibia la cobijaba mientras esperaba por su ropa, casi se sentía agradecida. Sintió
rabia consigo misma por ser tan voluble. De pequeña esa actitud no había podido
cambiarla y a pesar de que la hacía feliz, siempre creyó que le faltaba un poco
de orgullo.
Un hombre, el mismo que la había observado en la playa cuando acababa
de despertar y el mismo al que habían
llamado para comenzar el refugio, le habló desde afuera para decirle que le
traía un plato de comida. Siara miró su estómago y lo oyó rugir, con todo aquel
lío había olvidado siquiera que no comía desde hace un día casi completo. Del
modo más receloso y orgulloso posible lo hizo pasar para recibir aquel plato.
Izan serio dejó el plato en el piso para que ella se sentara a comer y se
retiró.
Siara dudó unos segundos de si debía comer, pero le pareció extraño que
alguien se arriesgara tanto por ella para luego envenenarla, así que comió. Al
probarlo se deleitó con un sabor que no había experimentado antes, y se pasó la
lengua por los labios intentando asimilar que clase de condimentos eran esos,
una vez que no hubo llegado a ninguna conclusión se encogió de hombros restándole importancia y comió salvajemente.
Cuando hubo terminado de comer se sintió
avergonzada de haber comido de una manera tan vulgar, pero hasta ese momento no
había notado lo hambrienta que estaba, toda la noche había sido una experiencia
inigualable, en toda su vida jamás había vivido tanto y pensando en eso se
recostó en el piso hasta que exhausta se durmió.
Leo estaba recostado al aire libre mirando las copas de los árboles y
su rutinario movimiento. Quería dormir y secar su ropa, y puesto que ninguno de sus compañeros se atrevía molestarlo,
estaba solo. Sin embargo Kimo se mantuvo cerca de él y vigilando a Siara, aunque estaba
seguro de que esta vez ella no se atrevería a huir.
Cuando el sol comenzó a ponerse Siara despertó, se estiró perezosa y
descuidadamente, y otra vez sintió rugir su estómago, lo que la desconcertó. Se
levantó pero no había mucho que hacer dentro de esa pieza por lo que comenzó a
sentirse asfixiada, necesitaba encontrar una excusa para salir, además no
parecía como si pronto volverían a ir a alimentarla. Finalmente decidió que lo
mejor era intentar llevarse bien con todas esas personas, quizás de esa manera
ella podría volver a su hogar, o descubrir dónde estaban o porqué la buscaban,
fingiría que iba a buscar su ropa.
Kimo vio a Siara salir de su refugio e ir hacia atrás, por un momento
pensó en seguirla pero luego resolvió que era mejor observarla. Siara se acercó
al árbol donde vio que colgaban sus ropas. Cuando estuvo lo suficientemente cerca
estiró la mano para sacar su polera pero repentinamente con la agilidad del
viento una espada se posó en su cuello y quedó fija a exactamente un centímetro
de herirla. Siara se exaltó y en respuesta dio un cauteloso paso hacia atrás
mientras respiraba entrecortadamente. Lentamente giró su vista hacia el lado desde donde venía la espada y vio a Leo y por instinto soltó
un suspiro de alivio, relajándose. Leo quedó absorto analizando ese suspiro,
después de todo tener una espada en el cuello y verlo a él no significaba
calmarse. Se animó a preguntar -¿A dónde crees que vas?-. Siara se rió tontamente a causa de lo asustada que había estado, lo que
inquietó aún más a Leo, ¿acaso ella se estaba riendo, después de todo?,
entonces Siara le respondió -Yo, venía por mi ropa. Esta capa es demasiado
grande ¿no crees?- se miró y miró a Leo con una expresión de abatida – además-,
se acercó a él cubriéndose un lado de la boca como si fuera a contarle un
secreto -tengo hambre, ¿tienen más de esa sopa de hace un rato? estaba muy
deliciosa aún con...- Leo la interrumpió un tanto irritado -Hablas demasiado,
ve adentro, yo me encargaré que lleven tus cosas- Siara se sintió humillada y
fracasada, realmente no quería volver a encerrarse en esa pieza, pero por lo
visto no iba a hacer cambiar de opinión a ese hombre que lucía tan retraído y
autoritario. Pensar en eso la hizo sentir atribulada puesto que si él fuera
todo el tiempo de esa forma nunca podría llegar a tener respuesta para sus
tantas preguntas.
La noche pasó larga para Siara, aquellos insensibles hombres la habían
dejado sola sin preocuparse por ella en lo más mínimo más que para alimentarla,
además ni siquiera habían conversado frente al fuego o reído. Parecían
fantasmas puesto que no se oía nada más que sus pasos merodeando por el lugar,
y a cierta hora montaron guardia por lo que se oyeron todavía menos. Siara se
durmió con la sensación de soledad a flor de piel. Esa noche no pudo contenerse
y lloró extrañando sinceramente a su familia.
Leo podía oír como lloraba aquella molestosa mujer. Odiaba sentir el
descontrol que existía dentro de ella, pero muy en lo profundo la verdad era
que la envidiaba y la odiaba por tener derecho a actuar así. Leo había sido
dado a luz con la misión de en un futuro encontrar la piedra y volverla a su
lugar, nunca había conocido a su madre quien voluntariamente lo había entregado
al fuerte Abar de Ulises. Sus primeros meses y años de vida fueron muy fríos,
nadie que lo cobijara, lo corrigiera con cariño, nadie que se preocupara.
Recordó que de niño se le estuvo prohibido hacer preguntas y si las hacía
entonces era brutalmente castigado, nunca había podido hacer peticiones
especiales como las de cualquier niño porque entonces era tristemente
abandonado hasta tres días en el calabozo, y nunca se le había permitido dar
rienda suelta a sus emociones puesto que entonces debía presenciar como
alejaban o mataban a las personas que lograban acercarse a él, nunca había sido
consolado o refugiado por alguien por lo que su corazón se había endurecido mucho acumulando mucho odio en contra de la persona
que cargaba con la piedra, Siara. La culpable de su destino.
Desvelado cayó en cuenta de que ya amanecía. Si planeaban llegar pronto
a Lur tenían que precipitarse a
salir, por lo que levantó a sus hombres y le ordenó a Kimo despertar a Siara.
Kimo le habló un par de veces para no entrar e importunarla, pero Siara no
despertó ni dio señales de vida lo que le hizo preocupar y entró a su refugio a
verificar si aún seguía dentro.
Siara dormía profundamente, probablemente aún
no pasaba por el cuarto sueño. Mientras dormía de lado acurrucada en sus manos,
su saliva caía sobre ellas. De vez en cuando reía como si le hicieran cosquillas
y luego cuando se detenía seguía esbozando una sincera sonrisa. Esto hizo
sentir muy curioso a Kimo, su forma de dormir era bastante inquieta, y sin
darse cuenta se vio sobrecogido por una sensación de risa. Se acercó un poco
más a ella para despertarla y vio en su rostro una expresión que no parecía muy
sutil lo que le causó todavía más risa, finalmente se arrodilló para intentar
despertarla con cuidado y al estar casi a un paso de tocarla Siara abrió los
ojos. Ambos se quedaron mirando sorprendidos. Siara soltó un grito y Kimo se
levantó rápidamente desenvolviéndose en explicaciones breves que no lograban
llegar a una conclusión, finalmente soltó, -El señor dice que hay que partir,
así que salga pronto de la habitación- después de decir esas palabras salió de
la pieza un poco afligido por la vergüenza.
Siara no tenía nada que hacer, no
llevaba nada consigo y ya estaba vestida, debía verse horrible después de
haberse quedado dormida llorando, pero de seguro no iban a ofrecerle una
jofaina con agua así que se limitó a salir de inmediato.
Al salir de su refugio miró el sector y notó que el campamento había
sido desarmado de tal manera que casi no había rastro de que se hubieran
detenido allí. Beñat y Saúl se dedicaron a desarmar los aposentos de Siara.
Siara
se sentía extraña entre todos ellos, lucían rudos y ausentes, y jamás siquiera
le dedicaban una mirada, tal como si fuera un fantasma.
Leo vio a Siara salir y le pareció extraña la expresión que adoptaba.
No era de miedo o rabia, ni siquiera tristeza. Lucía incómoda e inquieta, como
si quisiera decir o hacer algo y no se atreviera. Siara miró de reojo a Leo y
sintió con fuerza como sus ojos la observaban, se sintió inquieta y nerviosa,
sabía que era inútil preguntarle nada y también sabía que él la analizaba.
Intentaba hacerse la desentendida y mirar hacia otro lado, pero por el
movimiento con el que se mecía era evidente que se sentía acongojada. Leo
esbozó una sonrisa irónica pensando que aquella singular mujer fuera alguien
tan importante y de cuidado.
Cuando terminaron, procedieron a registrar metódicamente el sector para aprobar con certeza que no hubieran dejado rastro. Al partir, todos se
acomodaron rodeándola, y Leo se ubicó de cabecilla delante de ella.
Siara no entendía por qué la custodiaban de esa manera, se preguntaba
en qué clase de mundo vivirían ellos para pensar que ella sola se atrevería a
lidiar con nueve hombres. Sería alocada, atrevida y quizá muchas cosas más,
pero no estúpida, y ya había entendido.
El bosque lucía tranquilo, sus árboles eran altos y delgados con
hermosos follajes que le recordaban a la lluvia debido a la forma de sus hojas pálidas
y finas, que al ser abrazadas por el viento emitían un agradable sonido.
Tampoco había rastro de animales, sin embargo las aves cantaban y las flores
adornaban majestuosamente con distintos
colores. El silencio habitual de todos esos hombres le permitía apreciar la
belleza del paisaje y los sonidos. Lo que le gustó, la hizo sentir paz.
Más rápido de lo que hubiera deseado, llegaron al sector Eriazo que
los separaba de Lur. Se sintió asombrada, le pareció digno de admirar igual que
un paisaje que había visto en una película años atrás, donde cabalgaban dos
enamorados libres al viento profesándose amor eterno, sin embargo considerando
su suerte este no era para nada su caso.
Eder no pudo contener una expresión de agobio debido a la fobia que le
sentía a esos pequeños animales, pero como siempre solo debería seguir adelante.
Siara había percibido el
extraño gesto hecho por Eder. Qué sería ese atisbo de expresión, ¿miedo, asco?,
miraba hacia todas partes en busca de algún bicho o animal y no encontraba la
respuesta a su problema.
Kimo se acercó a Leo y le dijo -Por fin hemos llegado al lugar donde
descansan los Unos- Leo solo le obsequió con una mirada por ese comentario tan
motivador que le recordaba lo cerca que se encontraban de Lur.
Después de unos cuantos metros avanzados por el camino Siara no
resistió más lo incómoda que se sentía al pisar, parecía como si tuviera algo
líquido y pegajoso en los pies y cada paso que daba era acompañado por un
crujiente sonido. Comenzó a sentirse inquieta y curiosa acerca de qué clase de
ramas, frutos o flores serían esos. -¿Qué es esto que está en el piso?-
preguntó a cualquiera que quisiese responder.
Leo caminaba tranquilo y silente
unos pasos más adelante con sus manos unidas en su espalda entonces de pleno se
detuvo, sentía unos serios deseos de responder esa pregunta y poder ver la expresión
de terror en el rostro de ella una vez que escuchara la respuesta.
Siara se
detuvo al igual que todos los demás, esperando ansiosos la reacción de Leo,
-Son gusanos, les llaman unos y se alimentan de la tierra o de piel muerta-. Siara quedó estupefacta ante la respuesta, y
comenzó a mirar hacia todos lados dimensionando que todo aquel sector eriazo
estaba cubierto por capas de gusanos, su cuerpo comenzó a sentir cosquilleos y
escalofríos. Sus pies reaccionaron más rápido que su cerebro y corrió hasta
subirse en la espalda de Leo.
Leo sintió todo el peso de Siara sobre su espalda y por unos breves
segundos se mantuvo estático producto de la sorpresa. El tiempo pareció
desaparecer para ambos mientras que sus hombres les veían divertidos por lo
insólito de la situación. Kimo sobre todo no podía disimular lo asombrado que se sentía a causa de la audacia de la jovencita.
Leo se irguió e intentó sacarse a Siara de encima pero esta estaba aferrada con
todas sus fuerzas a él y con su cabeza escondida en su cuello, -Avanza, prometo
bajarme cuando lleguemos al final- dijo Siara, Leo no parecía estar de acuerdo
y se quedó fijo en una posición luchando por botarla de su espalda. Los siete hombres
e incluso Kimo aunque disimulados parecían muy entusiasmados con el espectáculo.
Siara se sentía desesperada, sabía que finalmente él lograría sacarla pero
tenía la esperanza de que se diera por vencido y decidiera cargarla, no sabía
por qué había hecho algo como eso pero una vez hecho no iba a echarse para
atrás.
Leo se giraba hacia su lado jalando de ella con sus manos lo cual le
era inmensamente difícil con ella luchando por mantenerse sobre él. Siara se
dejó sacar de la espalda pero antes de caer al suelo y aprovechándose que aún la sostenía en sus brazos se
aferró a él con todas sus fuerzas invadida por el miedo y los nervios de caer.
Aunque
por unos momentos Leo la sostuvo, rápidamente se percató de los brazos de ella
rodeando su cuello haciéndolo sentir tonto e incómodo, y la soltó.
Siara cayó lentamente al piso hasta que quedó sentada estática,
apretando y cerrando sus ojos y puños para soportar la conmoción de que algunos
gusanos comenzaran a subírseles por sus zapatos. Por primera vez en años Leo se
sintió avergonzado, y para restarle importancia a la situación y disimular,
siguió avanzando como si no hubiera sucedido nada y les ordenó a sus hombres
seguir, los cuales obedecieron indiscutiblemente. Al contrario de los demás, Siara
se mantuvo ahí sentada, ya no sentía asco de los gusanos, más bien sentía mucha
rabia y vergüenza por aquella humillación, -Hombre de mala voluntad- pensaba,
-Hombre malo-, mientras lo veía alejándose.
Kimo carraspeó e informó a Leo que Siara se quedaba bastante atrás y
que no hacía ademán de levantarse del suelo. Los demás se quedaron viendo
curiosos esperando a ver qué sucedía. Leo cerró los ojos a modo de encontrar
paciencia para soportar su comportamiento. Se giró y caminó a su típico paso
medianamente lento, medianamente rápido hasta quedar a unos cuantos metros
frente a ella -Muévete, debemos llegar pronto-, Siara no se movió ni contestó
solo lo observó desafiante cruzada de brazos. A Leo lo carcomió la ira por
aquel aire altanero con el que ella lo desafiaba. Llamó a sus hombres y les
ordenó rodearla -Si no te levantas de ahí a las cuenta de tres, morirás a causa
de nueve flechas-, y acomodó su arco, sus hombres se le quedaron mirando
dubitativos pero también prepararon sus arcos, enseguida entendieron la idea de
Leo. Leo comenzó a contar -Uno- Siara pensaba que debía estar bromeando,
después de todo se había arriesgado mucho por protegerla e incluso había sido
diligente con ella. -Dos- Leo no podía dar crédito de ella haciéndose del
rogar, ¿en verdad estaría dispuesta a recibir esas flechas solo por orgullosa?
-y- Siara dudó si desistir, pero decidió creer que él solo la estaba asustando,
así que se dejó llevar por sus instintos -tres- Los hombres dispararon las
flechas y Siara se mantuvo estática cerrando los ojos con fuerza, deseando que
al abrirlos aún estuviera viva.
Siara quedó rodeada por un círculo de flechas. Leo se sintió
impresionado e inquieto y también
muy molesto. Al abrir los ojos Siara miró hacia todos lados para asegurarse de
que estaba viva e intacta, y suspiró de alivio una vez lo hubo verificado,
entonces miró nuevamente a Leo y le dijo
-No me moveré a menos que me cargues, decide tú cuando quieres llegar a Lur-. Leo no podía dar crédito de esas soberbias
palabras. Para disminuir la tensión a la situación Izan se ofreció a cargarla
él pero Siara se negó. Kimo se sintió bastante incómodo con toda aquella
situación, sabía lo difícil que debía ser para Leo ser dominado y vencido por
aquella mujer, sin embargo observó con sorpresa como él se le acercaba y le
ofrecía su espalda. Después de todo había pensado que la llevaría a la fuerza incluso si
tuviera que llevarla arrastrando, por lo que aquella reacción lo dejó
desconcertado, pero se limitó a continuar el camino.
Cuando Leo comprendió la obstinación con la que Siara afirmaba que no
se movería, sintió como si limpiamente le hubieran ganado, debía ser que
recordó un poco de él mismo hace unos años atrás. Además no quería reaccionar con
tan poca sensatez, eso era aún más humillante que perder, por lo que cedió. Caminó
indiferente hacia ella viéndola seriamente a los ojos, mientras todos miraban
expectantes. Siara se asustó, aún no creía que fuera posible haberle ganado y
por la expresión de Leo en su mirada parecía que le haría algo horrible, pero al llegar
frente a ella le dio la espalda y se agachó –Sube-. Siara se sorprendió, miró
hacia todos lados, un tanto avergonzada y se preguntó si habría dobles
intenciones detrás de todo esto pero de todos modos se levantó. Descuidadamente
comenzó a limpiarse los gusanos que tenía pegados y tímida rodeó el cuello de
Leo con sus brazos, subiéndose sobre su espalda. Por un insignificante segundo
creyó ver en Leo una expresión de nerviosismo o inquietud pero fue tan
insignificante que no pudo confirmarlo. Entonces continuaron su camino hasta
Lur, un camino que para Siara fue muy cómodo, tanto que incluso se durmió sobre
Leo.
Mientras la cargaba, Leo podía sentir su calidez y sus suspiros, lo que le
provocaba una sensación muy extraña, que a toda costa intentó reprimir.